Oswaldo Payá: legado de libertad y reconciliación

La revolución cubana que aconteció del 26 de julio de 1953 al 1 de enero de 1959 marcó no solo un giro en la historia de la Isla, sino gran parte del rumbo que tomaría hasta nuestros días la realidad geopolítica en América Latina.

Fidel Castro es un nombre que sin duda alguna ha pasado a la historia, y que tanto sus seguidores como sus críticos recuerdan por lo que simbolizó para cada uno, para los primeros el símbolo de la rebeldía que derrocó a una dictadura (la de Fulgencio Batista quien gobernó en dos periodos, primero de 1940 a 1944 y posteriormente como gobernante de facto entre 1952 y 1959), y para sus críticos representará el sabor amargo de la incongruencia, de quien se convirtió en lo que tanto combatió, en un tirano y dictador.

Entre la historia que escriben los vencedores y la realidad existen muchas historias que no suelen ser narradas por las voces oficiales, algunas incluso suelen ser calladas o eliminadas como si de borrar una página de un libro se tratara, pero la historia no es un texto, sino las vidas de hombres y mujeres que van dando forma a las circunstancias y al tiempo en el que suceden. Y así en medio de la historia oficialista de los guerrilleros que tomaron el poder ya entrada la segunda mitad del siglo XX en Cuba, aparece en la historia la vida de Oswaldo Payá Sardiñas, nombre que hoy para el mundo es sinónimo de la libertad y la reconciliación.

Como un simple espectador del acontecer internacional, y también como estudiante de las relaciones internacionales, pude constatar desde las aulas de la universidad, el desarrollo de la agitada segunda mitad de la primera década los años dos mil, que transcurría entre el asombro para algunos por lo rápido que cambiaban las circunstancias en el mundo, y por otro lado por la esperanza que despertaban líderes pro democráticos como Oswaldo Payá en territorio hostil a la ola de transformaciones a favor de la libertad y la democracia, pues Cuba aún permanecía enfrascada en la guerra fría gracias a su tirano.

Fue así que hasta entrado el año 2014 tuve la oportunidad de conocer a miembros del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) fundado por Payá en el año de 1988, pude escucharlos, sentirme no solo identificado con su causa sino con el espíritu combativo en el terreno de las ideas tratando de convencer al mundo, pero sobre todo a sus compatriotas, de que la lucha por la libertad vale la pena cuando se pone en el centro de ella a las personas y no a las ideologías, esa sería la clave de una verdadera alternativa que reconciliara a una nación que ha permanecido dividida por décadas.

Desde aquel año 2014, meses más tarde pude conocer y  colaborar con la hija de Oswaldo Payá, Rosa María Payá, quien fue testigo junto con su madre de todas las amenazas de muerte que le hicieran a su padre y a su familia durante el tiempo dedicado al Proyecto Varela, iniciativa ciudadana que contó con el apoyo de más 25 mil firmas de ciudadanos cubanos que quieren un cambio político en libertad.  Ahora ella sigue dando voz al legado de su padre y de todos esos valientes ciudadanos cubanos a través de la iniciativa Cuba Decide que propone la realización de un plebiscito vinculante para iniciar una transición a la democracia, en el cual los ciudadanos podrán aceptar o rechazar la siguiente pregunta: ¿Está usted de acuerdo con que se convoque a elecciones libres, justas y plurales, ejerciendo la libertad de expresión y de prensa; y organizándose libremente en partidos políticos y organizaciones sociales con total pluralidad? ¿Sí o No?

Hace ya más de 65 años que los cubanos no pueden celebrar elecciones libres y plurales, pues todas las elecciones celebradas desde el triunfo de la revolución han participado únicamente los candidatos del Partido Comunista Cubano, en donde el votante solo ha tenido en la boleta electoral a un rostro a ser elegido, o más bien ratificado, pues en realidad no se elige si no hay más de una opción. Solo en donde se simula democracia es donde persisten las prácticas más autoritarias y antidemocráticas, y es en ellas en donde se sigue sembrando la semilla de la opresión y la discordia. La alternativa a todo ello es como señalaba Oswaldo Payá: “ayudar a descubrir que sí podemos vivir el proceso de liberación y reconciliación y caminar al futuro en paz”.

Oswaldo Payá murió asesinado a manos de la dictadura cubana el 22 de julio del año 2012 en un atentado automovilístico en Cuba, donde también perdió la vida el joven Harold Cepero quien le acompañaba en esa travesía. Desde México, quienes admiramos su legado de libertad y reconciliación les rendimos el más respetuoso y sincero de los homenajes.

 

The Surprising Promise of the Trump-Putin Summit

The Real Opportunity Behind the Media Spectacle

 

Historic U.S.-Russian meetings tend to occur outside of Washington and Moscow. Franklin Delano Roosevelt first encountered Joseph Stalin in Tehran. At the end of World War II, they met again at Yalta, a name that would thereafter signify Soviet domination of Eastern Europe. Harry Truman’s one and only meeting with Stalin was in Potsdam, a suburb of Berlin. John F. Kennedy had a shaky meeting with Nikita Khrushchev in Geneva, while Ronald Reagan had a memorable collision with Mikhail Gorbachev in Reykjavik.

U.S. President Donald Trump and Russian President Vladimir Putin will meet for a frenetically anticipated summit on July 16 in Helsinki. Their encounter—coming amid cascading revelations of Russian interference in the 2016 presidential election, unnerving questions about Trump’s admiration for his Russian counterpart, and U.S.-Russian tensions around the globe—is certain to be a media spectacle. But as its location subtly implies, the real importance of the meeting may have little to do with the theatrics at the top. Unglamorous, largely unnoticed diplomatic processes could prove more consequential. In Helsinki in 1975, the United States, the Soviet Union, and various European powers devised a security architecture for Europe that was controversial at the time but ultimately crucial to the Cold War’s peaceful end. Without the Helsinki Accords, which fostered agreement on Europe’s borders and enshrined a nominal commitment to human rights in the Eastern bloc, the revolutions of 1989 may never have come and almost certainly would not have been as peaceful as they were.

The lessons of that previous U.S.-Russian encounter in Helsinki are worth remembering now. The agreement that resulted involved years of drab, painstaking diplomacy. It required agonizing compromise on both sides. It rested on work rather than optics. Under the shadow of low expectations, a difficult process preceded final success. The summit’s real importance, in other words, had little to do with momentary media spectacle. The same could be true of next week’s Trump-Putin meeting. No matter the sensational headlines in the summit’s immediate aftermath, a quiet yet substantive diplomatic process has the potential to yield real, and welcome, results.

THE RIGHT KIND OF SUMMIT

At a rally last week, Trump dismissed concerns about his meeting with the Russian president, saying, “Putin’s fine.” This generated a ripple of headlines. Russian television, meanwhile, is awash in speculation about Putin’s potential achievements in Helsinki. American observers rightly fear the impact of stray words from Trump and potential strategic missteps that could flow from the very melodrama of the event itself. To many, the optics are the story, and the optics can only be wrong: Putin standing shoulder to shoulder with an American president under investigation for subversive ties to Russia, uncertain about the NATO alliance, and enamored of the deals or pseudo-deals that emerge from a welter of exaggerated expectations.

An age of social media is prone to framing politics in cinematic terms. A troubled meme waiting to happen, the Trump-Putin summit wonderfully suits the age. The problem, however, is not a meeting as such but the real possibility of holding the wrong meeting. A summit that involves up-front U.S. concessions for the sake of some ill-defined triumph would be worse than a missed opportunity.

Consider the last high-profile U.S. summit with North Korea. Trump clearly oversold his June meeting with North Korean leader Kim Jong Un. What was billed as the chance to ratify denuclearization for the entire Korean Peninsula ended up being a noncommittal meeting between two heads of state. North Korean conduct since the summit shows that it is undeterred. In time, the personal relationship between Kim and Trump may prove an asset, but only a long, detailed process of negotiation and verification can ensure that North Korea has given up its nuclear weapons. The summit in Singapore was merely the beginning of the journey.

So, too, will the Trump-Putin meeting be a beginning. It cannot guarantee much in and of itself. Over the past few years, the United States and Russia have let their diplomatic relationship erode. A Russian-U.S. presidential summit has not been held for the past eight years. One would have to scrutinize the annals of Cold War history to find a period when there has been so little diplomatic contact. The list of differences and grievances on both sides is endless, as the U.S. Congress will remind the president should he offer Russia anything that touches either on sanctions or on U.S. treaty commitments.

This is why the history behind Helsinki could be a road map for the Trump administration. Trump’s meeting with Putin should be used to create a framework for diplomatic engagement and for process. U.S.-Russian working groups should be embedded in the State Department and the Pentagon, along with bipartisan working groups in the U.S. Congress. Other working groups to the side of government should be encouraged and given the U.S. government’s material support.

Ukraine and Syria are the two most urgent problem sets. On the former, diplomacy has stalled. France, the United Kingdom, and the United States appear to be consumed with other problems. Talks with Russia on the core issues behind the Minsk agreements—a cease-fire, a restoration of Ukrainian sovereignty, a workable political order in the Donbas region of eEastern Ukraine—might stimulate the Western appetite for leadership. With the rebels surrendering, President Bashar al-Assad’s Syria will be taking on a new form, the volatility of which could provoke a war between Iran and Israel. This is an outcome Russia and the United States would both want to avoid. They should be looking ahead in consultation with each other. U.S. leverage over Israel and Russian leverage over Iran is incomplete, but a basic degree of coordination would certainly help prevent conflict. Addressing these dilemmas should not be deferred to 2020 or 2024. Arms control, counterterrorism, the Arctic, and space are other issues that deserve real bilateral attention. Low-key discussions out of the public eye have modest potential, and the Russian and U.S. presidents could give these discussions a preliminary blessing in Helsinki.

In an ideal world, Trump would raise the issue of election interference one-on-one with Putin. Those U.S. officials who join Trump at other meetings would do the same. No less important, Trump would make an emphatic public statement about Russian meddling while together with Putin, as French President Emmanuel Macron has done at comparable moments. Putin will deny the meddling, and Trump should neither accept this denial, as he has in the past, nor make an official acknowledgment from Putin a precondition for moving forward. The confession will never come, but raising the issue with clarity and without embarrassment would convey American resolve and a willingness to respond. If Trump waffles on the issue in Helsinki, however, Russia will score a propaganda victory and will likely be emboldened to test further what redline, if any, the administration has on meddling.

BORING IS BETTER

Trump has a proverbial attachment to hype. But his administration should do what it can to undersell the summit with Putin and avoid painting it as a breakthrough before or after. Instead, it should pay tribute to the years of irritating and boring diplomacy that generated the Helsinki Accords. Internally, the administration should prepare for the follow-up to the summit—the gradual normalization of diplomatic ties between the two powers whose relationship is integral to the future of Europe and the Middle East. A nonrelationship with Russia is simply not in the U.S. national interest.

Once in place, a normalized U.S.-Russian diplomatic relationship should be Washington’s vehicle for shaping Russian behavior. The United States cannot coerce Russia into doing its will. In Ukraine and Syria, Washington has attempted to isolate Russia, hoping that Putin will meet U.S. demands so he can come in from the cold. Sanctions are forms of economic isolation designed to have a similar effect. So far, coercion and isolation have both failed. Russian foreign policy has grown only more ambitious since 2014. Moreover, daily images of the joyful World Cup in Russia underscore the absurdity of trying to isolate the country in the manner intended. What cannot be done should not be attempted.

Continued pressure where interests diverge plus diplomatic normalization would be a new approach for the United States. If it fails, the pressure can always be increased. Progress, if achieved, would be incremental.

Once the summit is over, the president will likely shift his attention elsewhere, as he seems to have done after his meeting with Kim. A trade war with China and the U.S. congressional midterm elections may be more engrossing than election modalities in the Donbas or the dynamics of regional competition in Syria. Handing off the job of negotiating with Moscow to Secretary of State Mike Pompeo, Secretary of Defense James Mattis, and National Security Adviser John Bolton would be the logical next step. These are all Russia hawks who could exploit the face-saving potential for Putin of Trump’s rhetorical friendliness toward Russia and of Trump’s relative popularity in Russia while working toward normalizing relations. Pompeo, Mattis, and Bolton would not sell out Europe for an elusive quid pro quo in Syria; but they could be tasked to reverse the downward spiral of the U.S.-Russian relationship. This in turn could open up new options in Ukraine and Syria, options the United States might be happy to have.

To succeed, though, this approach would have to employ the self-discipline, patience, and attention to detail demonstrated nearly 45 years ago in the austere Scandinavian city of Helsinki.

Publicado en: https://www.foreignaffairs.com/articles/russian-federation/2018-07-11/surprising-promise-trump-putin-summit?cid=nlc-fa_fatoday-20180713

Trump: La oportunidad para México

La era Trump está por comenzar y con ella una nueva era en las relaciones entre los Estados Unidos de América, México y el mundo. La mayoría de los mexicanos hemos caído en una especie de neurosis ante el arribo de Donald Trump, sin embargo, hemos dejado de lado que no somos el único país amenazado, y un conjunto de países alrededor del mundo se encuentran más preocupados por los anuncios del próximo presidente norteamericano en materia de política exterior: los países de la Unión Europea, Europa del este, Asia, en especial China, y muchos otros han emitido signos de preocupación ante el aparente proceder de Trump, que pondría en riesgo los mercados internacionales, sus economías nacionales e incluso la viabilidad del desarrollo mismo de esos Estados. Tal es el caso de los países que se enfrentan a los intereses expansionistas de Rusia, que como en los casos de Crimea y Ucrania, la Rusia de Putin ha demostrado su poder e intención de invadirlos y controlarlos, escenario probable si Trump cumple sus advertencias de abandonar su rol preponderante en las fuerzas de coalición militar internacional de la OTAN, de la cuál dependen ampliamente los países de Europa del este.

Por ello, el escenario internacional ante el que nos enfrentamos en México es al de una nueva era de re-configuración geopolítica y de alineación de intereses en el mundo, y esto presenta por supuesto posibles desafíos pero también abre nuevos horizontes de oportunidades para México, pues cuenta con una posición geopolítica envidiable y cuenta con elementos internos atractivos para distintos mercados e inversiones. Tal alineación de intereses con otras naciones, fuerzas económicas y geopolíticas podría poner a México en una posición de fortaleza frente a nuevas negociaciones de tipo comercial y diplomático con EE.UU. y reducir las desventajas de la relación asimétrica.

Sin embargo, las amenazas hechas durante la campaña de Trump, y ante la incertidumbre que representa su tipo de liderazgo, probablemente podrán afectar las ventajas que México podría obtener en materia comercial, de seguridad y migración; en gran parte dependerá de la capacidad de los tomadores de decisiones del actual Gobierno de México y de que el país y sus instituciones logren sortear la elección presidencial venidera de 2018. Pero sobre todo, estos posibles escenarios nos sitúan como país ante la disyuntiva de repensar la relación bilateral, elegir si queremos continuar bajo las mismas premisas y estrategias hasta ahora realizadas pero que tuvieron origen en una época distinta, o reflexionar y rediseñar nuevas estrategias y maneras de proceder que nos aseguren un rol determinante en la arena internacional, y con ello minimizar o reducir los riesgos que traería la presidencia de Trump para México.

En otros escenarios y latitudes geopolíticas, China se ha erigido desde hace varios años, en una potencia emergente en todos los sentidos, que a pesar de la fuerza con la que ha despertado el gigante asiático, ahora comienza a enfrentar los signos de su desaceleración económica. Recientemente la voz del todopoderoso presidente Chino, Xi Jinping, se hizo escuchar en el Foro Económico Mundial (WEF) de Davos, Suiza, pronunciándose a favor del libre comercio y llamando a la comunidad internacional a aprovechar con nuevo ímpetu, a las fuerzas de la globalización para que esta beneficie a la mayor población posible en el mundo. Paradójicamente el país menos liberal y donde más se restringen las libertades políticas, ahora se posiciona como el nuevo portavoz del libre comercio, ante una eventual postura aislacionista y nacionalista de los EE.UU.

En el caso de Rusia, y bajo el liderazgo del autócrata Vladimir Putin, la estrategia que ha desplegado es la de aprovechar cada una de las nuevas oportunidades que ofrecen los escenarios internacionales actuales, para con ello consolidar su papel preponderante en un orden internacional multipolar, donde EE.UU. y los países de la Unión Europea, han ido dejando espacios o procurando que éstos no sean los únicos en llevar el tono cantante de las decisiones globales. Por otro lado, en una manera sorpresiva e inusitada, el Reino Unido ahora se encuentra abandonando la Unión Europea, rediseñando de facto así su rol en el orden internacional y replanteando las estrategias para afrontar un cambio de época que la afectado a lo interno y externo; dicho capítulo geopolítico representará un cambio histórico para Europa en su conjunto y aún con definiciones inciertas de qué sucederá o cómo afectara al proyecto de la Unión Europea.

Volviendo al caso de México, es necesario que sus líderes y tomadores de decisiones piensen y actúen de forma estratégica, pues así como otros países lo están haciendo, debe reflexionar sobre sus objetivos nacionales, los intereses que deberá desplegar y replantear su política exterior, entre otros elementos del potencial del Estado. La mirada debe centrarse en el mediano y largo plazo, considerando las variables geopolíticas que hemos mencionado, procurando entender lo que está sucediendo en el entorno global y rediseñar con creatividad su estrategia como nación ante las necesidades internas más urgentes y estratégicas.

En México aún cargamos con lastres económicos y sociales a causa de un desorden interior y a modelos económicos excluyentes que han agudizado problemas estructurales como la pobreza, llevando también a amplios sectores de la población fuera de la vida institucional, esto ha generado las condiciones para el incremento de las actividades económicas ilícitas como el crimen organizado y la consecuente violencia criminal y política que hemos padecido en las últimas décadas.

EE.UU. ha sido históricamente nuestra principal ocupación en política exterior, razones históricas existen de sobra, y también ha sido, sobre todo, nuestra principal relación comercial económica y diplomática por obvias razones; sin embargo, ahora estos cambios y la re-configuración del orden internacional nos exigen mirar más allá de nuestra frontera norte, pues la realidad de México y del mundo ya cambió, continuará modificándose y debe ser bien aprovechada.

Asia, en especial China, puede y debe ser una opción más para México, y con ello, el Gobierno actual y los próximos deben comenzar a desempeñar una política exterior más activa, pero sobre todo estratégica, para evaluar las ventajas y desventajas de abordar la nueva ola asiática. De la misma manera, México debe aprovechar mejor todo lo ya logrado en materia comercial y diplomática en sus relaciones con los países de la Unión Europea, pues aún no se han aprovechado del todo el conjunto de mecanismos de cooperación y tratados que también representan un nicho de oportunidad importante, y ahora más que nunca, las relaciones tan profundas por razones históricas deben ser aprovechadas.

En lo que respecta a nuestro Tratado de Libre Comercio con América del Norte, es previsible que el estilo y la nueva visión que se instalará en la Casa Blanca, probablemente no nos favorecerá, por lo que México deberá determinar que, aunque parezca dramática dicha situación, si no es con la Norteamérica de Trump, podemos aprovechar la visión que de ella ofrece nuestro otro aliado Canadá, por lo que nuestro otro socio comercial más importante en la región, puede ser un aliado estratégico para sostener el proyecto de una América del Norte aliada a los intereses y necesidades de México.

Por estas razones, Donald Trump representa uno de nuestros mayores desafíos como nación, y podrá poner en entredicho el desarrollo de México en distintos aspectos, pero sobre todo, creo que todo eso representa nuestra mayor oportunidad como país, para entender de una vez por todas, que podemos hacer más por nosotros mismos, que debemos proyectar nuestros valores, principios e intereses a otras latitudes en las que podemos encontrar nuevos aliados que nos ayuden a fortalecernos, y que podemos dotarnos de nuevas herramientas ante desafíos comunes que compartimos con otras naciones del mundo. Se trata, insisto, de pensar y actuar estratégicamente con un proyecto de nación consolidado.

Los Estados Unidos de América permanecerán al norte de nuestra frontera, ahí estarán aún cuando Trump tenga que dejar la presidencia en algún momento; por ello somos nosotros quienes debemos definir cómo queremos ser, en dónde queremos estar y que rol queremos tener con nuestro vecino país cuando Trump se haya marchado.