Doctrina y aplicación: el Escudo de las Américas y las líneas rojas de México

El discurso de Elbridge Colby en Cusco fijó el marco doctrinal; la declaración conjunta sobre Colombia lo puso en operación. Dos piezas del mismo tablero que redefinen el espacio de maniobra de México hacia 2030.

Dos acontecimientos de julio de 2026 no deben leerse por separado. Son el enunciado y la puesta en práctica de una misma arquitectura de seguridad hemisférica liderada por Washington.

El 8 de julio, el Subsecretario de Guerra para Política, Elbridge A. Colby, ofreció ante los ministros de defensa del hemisferio, en Cusco, la formulación más clara y de más alto nivel de la visión de seguridad de la administración Trump: un Corolario Trump a la Doctrina Monroe que trata drogas, migración y criminalidad como amenazas de seguridad nacional y desplaza el perímetro de defensa estadounidense hacia el sur. Dos días después, el 10 de julio, trece gobiernos del Escudo de las Américas convirtieron esa doctrina en gesto político: una declaración conjunta sobre la transición institucional en Colombia que estrena un instrumento de presión colectiva sobre los asuntos internos de un tercer Estado.

México aparece en ambos episodios por su ausencia deliberada: no integra la coalición, no suscribió la declaración y, el mismo día, reconoció al gobierno electo colombiano por la vía diplomática ordinaria. Esa doble señal —reconocer sin adherirse— condensa la apuesta mexicana. Este documento une los dos análisis para leer la doctrina y su primera aplicación como un solo movimiento, y precisar las líneas rojas que México debe preservar.

I. La doctrina: el «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe

Cusco, 8 de julio de 2026. El discurso de Colby ante la XVII Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas casi no menciona a México, pero define el marco dentro del cual México deberá operar.

La doctrina de seguridad hemisférica de la administración Trump,
a partir del discurso de Colby en la CMDA de Cusco.

El texto no es coyuntural. Su autor es el principal responsable de planeación estratégica del Departamento de Guerra y una de las voces doctrinales más influyentes de la administración; enmarca la política hemisférica dentro de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional 2026. Debe leerse como una declaración de doctrina, no como una intervención protocolaria. México figura apenas como referencia histórica —el respaldo estadounidense frente a la intervención francesa— y, de forma implícita, como origen de «las drogas que vienen del sur». El foco explícito es Centroamérica, el Caribe y el norte de Sudamérica, con Venezuela como blanco; pero la doctrina es de alcance hemisférico y aplica a México por defecto.

A. El reencuadre: Monroe como emancipación

El eje del discurso es un Corolario Trump a la Doctrina Monroe —bautizado coloquialmente «Doctrina Donroe»—: Estados Unidos protegerá su territorio y su acceso a «terreno clave» en el hemisferio, y negará a potencias adversarias la capacidad de posicionar fuerzas amenazantes en la región. Sobre esa base se superponen dos capas: una antinarcótica y otra de competencia geopolítica con China.

El movimiento retórico más hábil es presentar la Doctrina Monroe como emancipadora y no dominadora. Colby distingue una Monroe «correctamente entendida» —orientada a proteger la independencia de las naciones latinoamericanas— de su «caricatura» intervencionista, y sostiene que Estados Unidos no necesita posesiones imperiales porque su poder ya es suficiente. De ahí deduce que su interés genuino es el «éxito» de los países de la región. Es un argumento que desactiva por anticipado la crítica soberanista: convierte la injerencia en invitación y la asimetría en comunidad de intereses.

Al presentar la injerencia como invitación y la asimetría como comunidad de intereses, el discurso captura de entrada el vocabulario de la soberanía.

B. Las tres demandas concretas

Bajo la retórica, el discurso formula tres exigencias explícitas a los gobiernos de la región. Primera, el empleo de la fuerza contra el narcotráfico: equipara a las organizaciones criminales con «el ISIS y Al Qaeda de este hemisferio» y propone «operaciones cinéticas conjuntas lideradas por el socio», con participación militar estadounidense «donde sea necesario», citando la Operación Southern Spear como prueba de que Washington «irá a la ofensiva». Segunda, la protección de activos críticos: blindar infraestructura y recursos estratégicos y negar a «cualquier actor» —lectura obligada: China— la posibilidad de explotarlos. Tercera, mayor gasto en defensa: el estándar de 3.5% del PIB militar más 1.5% en seguridad, con Perú y su compra de F-16 como modelo de alineamiento con la industria estadounidense.

La frase de mayor peso estratégico es la que atribuye al Secretario Hegseth: la frontera estadounidense debe ser la «última línea» de defensa del territorio, no la primera. Doctrinalmente, ello desplaza el perímetro de seguridad de Estados Unidos hacia el sur —es decir, hacia el territorio de los socios.

C. Lo que significa para México

El discurso valida el diagnóstico de asimetría y unilateralismo: las designaciones de organizaciones criminales, la catalogación del fentanilo y la posibilidad de acción unilateral no son gestos aislados, sino la aplicación de un marco coherente y públicamente asumido. También disputa el sentido de la corresponsabilidad: para Colby, «responsabilidad» significa que cada país asuma su propia seguridad y gaste más, no que Estados Unidos rinda cuentas por la demanda de drogas o el flujo de armas hacia el sur. El principio mexicano de responsabilidad compartida y diferenciada choca de frente con esa acepción.

Sobre todo, el discurso captura el lenguaje de la soberanía: ofrece «fortalecer la soberanía» de los socios mientras propone operaciones militares conjuntas y presencia sostenida. Por eso el reto mexicano no es responder proyecto por proyecto, sino disputar el encuadre. Aceptar el vocabulario del discurso equivale a ceder la mitad de la negociación antes de empezar.

Una advertencia de lectura recorre todo el análisis: el discurso está calibrado para persuadir a ministros de defensa de países con capacidades limitadas. México no es ese interlocutor. Es la relación bilateral más grande, compleja e interdependiente del hemisferio. El riesgo mayor no es ser presionado, sino ser agrupado con el resto de la región en una lógica que diluye su peso específico.

II. La aplicación: el Escudo de las Américas y el caso Colombia

10 de julio de 2026. Trece gobiernos convierten la doctrina en gesto político: una declaración conjunta sobre la transición institucional en Colombia. México se desmarca.

Mapa del bloque firmante del Escudo de las Américas y la doble señal
de México ante el proceso colombiano.

El Escudo de las Américas —en inglés, Shield of the Americas; oficialmente Americas Counter Cartel Coalition— es una coalición político-militar impulsada por el presidente Donald Trump y proclamada el 7 de marzo de 2026. La coordinan el Secretario de Estado Marco Rubio y la Enviada Especial Kristi Noem, y agrupa a gobiernos afines para coordinar esfuerzos militares y de seguridad contra el crimen organizado transnacional, la migración irregular y la interferencia externa; sus miembros acceden a equipo, entrenamiento e inteligencia estadounidenses. México no forma parte de la coalición ni suscribió la declaración. Sí lo hicieron Estados Unidos, Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago.

A. El detonante colombiano

La segunda vuelta presidencial del 21 de junio de 2026 dio el triunfo a Abelardo de la Espriella (movimiento «Defensores de la Patria», respaldado por Trump), con 49.66% frente al 48.70% del senador Iván Cepeda (Pacto Histórico): una diferencia de apenas 0.96 puntos —250,830 votos—, la más estrecha en la historia del país. Cepeda reconoció el resultado el 24 de junio; el presidente Gustavo Petro aludió a presuntas irregularidades sin aportar pruebas. La toma de posesión está prevista para el 7 de agosto. El presidente electo anunció su intención de incorporar a Colombia al Escudo y declaró a los cárteles mexicanos «objetivo militar». México respondió, por la Presidencia, que «cada quien se encargue de su parte», sin comprometer la cooperación entre Estados.

B. La declaración y la doble señal de México

El 10 de julio, los trece gobiernos difundieron —vía el Secretario Rubio— una declaración conjunta que expresa «profunda preocupación» por acciones que, sin fundamentos debidamente acreditados, ponen en duda la integridad del proceso electoral colombiano y la transición institucional. El texto rechaza toda acción que busque deslegitimar el mandato de las urnas, desacreditar a las autoridades electorales u obstruir el empalme. Aunque no los nombra, apunta a las posiciones del presidente Petro y del senador Cepeda.

La ausencia de México es conspicua: se desmarca de un bloque que hoy integra a la mayoría de los gobiernos de derecha del hemisferio. En paralelo, ese mismo día se difundió la carta de reconocimiento de la Presidenta Claudia Sheinbaum al presidente electo, que privilegia la amistad histórica, el diálogo, el respeto mutuo y la profundización de intercambios económicos. México sostiene así una doble señal deliberada: reconoce al gobierno electo conforme a la práctica diplomática, pero no se adhiere a un pronunciamiento colectivo sobre asuntos internos de un tercer Estado.

La declaración trasciende el caso colombiano: opera como acto fundacional de una gobernanza de seguridad hemisférica de alineamiento ideológico liderada por Washington.

Líneas rojas y líneas de acción de México ante la declaración
del Escudo de las Américas.

C. Impactos estratégicos

Los efectos para México se ordenan en cinco dimensiones:

DimensiónImpacto potencial para México
Geopolítica regionalConsolidación de un bloque hemisférico alineado con Washington que agrupa a la mayoría de los gobiernos de derecha. Acentúa el aislamiento relativo de México como una de las pocas administraciones progresistas y estrecha su margen en foros regionales.
Precedente normativoUn pronunciamiento colectivo sobre un asunto electoral interno de un tercer Estado normaliza un instrumento de presión invocable a futuro frente a procesos internos mexicanos: revisión judicial, comicios intermedios de 2027.
Seguridad nacionalEl Escudo es, en esencia, una coalición militar. La adhesión anunciada de Colombia y la etiqueta de «objetivo militar» a los cárteles mexicanos convergen con la designación estadounidense de cárteles como organizaciones terroristas y con amenazas de acción extraterritorial.
Relación con EE.UU.La no adhesión marca una divergencia visible con Washington en un año sensible —revisión del T-MEC, agenda migratoria y de seguridad— susceptible de leerse como distanciamiento.
Relación con ColombiaMéxico ya reconoció al gobierno electo, pero deberá administrar la fricción de la retórica de seguridad del entrante Ejecutivo colombiano sin comprometer la cooperación técnica y consular acumulada.

Cinco líneas rojas para México

Los límites que la doctrina y su aplicación no deben cruzar, anclados en la política exterior de Estado y en la seguridad nacional.

  1. No intervención y autodeterminación. México no co-suscribe pronunciamientos colectivos sobre la vida institucional interna de otro Estado, ni admite que se emitan sobre la propia. (Art. 89-X constitucional · Doctrina Estrada)
  2. Soberanía en materia de seguridad. Rechazo a todo mecanismo que habilite acción militar extranjera o extraterritorial en territorio nacional. La lógica «objetivo militar» aplicada a los cárteles mexicanos es incompatible con la soberanía.
  3. No instrumentalización ideológica. México preserva relaciones con todos los gobiernos con independencia de su signo político; no se suma a bloques que condicionen la cooperación a la afinidad ideológica.
  4. Blindaje frente a precedentes. Evitar que los mecanismos de «deslegitimación colectiva» se consoliden como instrumento aplicable a futuro a procesos internos mexicanos.
  5. Cooperación sí, tutela no. La colaboración con EE.UU. y Colombia continúa sobre bases de corresponsabilidad, reciprocidad y respeto a la jurisdicción nacional; nunca bajo subordinación operativa.

Qué debe hacer México

  1. Sostener la no adhesión sin confrontación. Mantener la ausencia del Escudo como decisión de principio, comunicada en clave de no intervención y no de antagonismo hacia Washington ni hacia los firmantes.
  2. Deslindar reconocimiento y adhesión. Reiterar públicamente que el reconocimiento —ya formalizado— del gobierno electo colombiano es independiente de cualquier alineamiento con el bloque, para prevenir lecturas erróneas.
  3. Anticipar la presión de incorporación. Preparar un posicionamiento institucional ante un eventual ofrecimiento o presión para sumarse a la coalición, con argumentos jurídicos —soberanía, no intervención— y de seguridad nacional.
  4. Coordinación interinstitucional en seguridad. Articular con las instituciones del Consejo de Seguridad Nacional una postura común frente a la retórica de «objetivo militar» y a la designación de cárteles como organizaciones terroristas.
  5. Gestión bilateral con Colombia. Reforzar los canales con el gobierno entrante (7 de agosto) para preservar la cooperación técnica, consular y comercial, acotando la fricción de su agenda de seguridad.
  6. Vigilancia de precedente y contexto. Monitorear el uso del instrumento de deslegitimación colectiva y su posible proyección sobre México, en un año marcado por la revisión del T-MEC y la antesala de 2027.

Nota aclaratoria

El presente análisis tiene fines exclusivamente académicos, analíticos, de opinión del autor y de interés general. Su contenido se basa exclusivamente en el análisis de fuentes abiertas públicas. Las opiniones, interpretaciones, análisis, conclusiones y propuestas contenidas en el presente documento son responsabilidad exclusiva del autor y no representan de ninguna manera, posturas oficiales ni posicionamientos de institución alguna, entidades u organismos públicos del Estado mexicano, ni de instituciones nacionales o extranjeras con las que el autor haya tenido relación profesional, académica o institucional.

Why do societies honor their fallen in combat? A necessary reflection for Mexico

Honoring the fallen is not about glorifying war, but about dignifying the sacrifice for peace and building a more just and humane national memory.

Show me the manner in which a nation cares for its dead and I will measure with mathematical exactness the tender mercies of its people, their respect for the laws of the land, and their loyalty to high ideals.

William Ewart Gladstone

Every year, the United States comes to a halt on the last Monday of May to honor its fallen soldiers on Memorial Day. This is more than a tradition; it is a reminder of sacrifice, duty, and the profound link between a nation and its history. This practice, however, is not exclusive to the Anglo-Saxon world; it is part of the very history of humanity. In Mexico, by contrast, we still lack a day to remember—with dignity—our own who have fallen, especially in the daily struggle for security and peace.

The memory of the fallen throughout history

From ancient Greece to our present day, honoring those killed in combat has been a fundamental part of the social and political life of many nations and peoples. In Athens, the public funeral was a civic ritual that reminded all citizens of the valor of those who had died for the polis. This is demonstrated by historical accounts of public funeral rites for soldiers, such as the celebrated «Pericles’ Funeral Oration,» which established a civic canon: the fallen soldier was an example of virtue and dedication to the common good. In ancient Rome, inscriptions and triumphal arches immortalized the military glory of its heroes.

With the advent of modernity, the veneration of fallen soldiers transformed into state policy, giving rise to memorials, national cemeteries, and official dates of commemoration. The underlying reason is clear: remembering the fallen not only honors their sacrifice but also reinforces collective memory, national identity, and the moral fabric of the community.

Why do we commemorate those killed in combat?

Sociology and anthropology offer key insights into why natural societies, such as the family and the nation, pay homage to their dead—especially to those who virtuously and heroically give their lives in the service of their families, communities, and nations.

Émile Durkheim, the French sociologist and philosopher considered one of the founding fathers of sociology along with Karl Marx and Max Weber, explained that collective rituals like military funerals are essential for maintaining social cohesion. Maurice Halbwachs, a French philosopher and sociologist known for developing the concept of collective memory, described it as a process that gives meaning to the past from the perspective of the present. And Benedict Anderson, the renowned historian, political scientist, and essayist known for his work Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, argued that nations are built through shared symbols—precisely like martyrs and, in secular states, heroes: the soldiers and police officers who have fallen in combat and are linked to the most sublime patriotic values.

Honoring the fallen, then, is not merely an act of piety or respect; we can affirm that it is a civilizing mechanism, a way of building the culture of a national community.

The case of the United States and its fallen

The American Memorial Day originated after the Civil War as a way to pay tribute to fallen soldiers by decorating their graves with flowers. The first national observance took place on May 30, 1868, at Arlington National Cemetery. Over time, the commemoration expanded to honor all U.S. military personnel who have died in service. It was not until 1971 that it was established as an official federal holiday, honoring more than one million who have fallen in various wars, from the First and Second World Wars to the more recent conflicts in the Middle East. It is, therefore, a date of solemnity, but also of national unity for that country.

For many years, I have been singularly struck by this American commemoration, especially with regard to the Central Intelligence Agency (CIA), which maintains a Memorial Wall at its headquarters in Langley, Virginia, for its fallen agents. Each star represents an agent who died in the line of duty, many of whom remain anonymous for reasons of security and operational confidentiality. On that wall is the inscription: «In honor of those members of the Central Intelligence Agency who gave their lives in the service of their country.» The anonymity of many stars has not meant that these individuals are forgotten, but rather stands as a sign of respect for the quiet service of those agents and their families in protecting their country.

And what about Mexico? The offficial and social silence

In Mexico, we do not have an official day dedicated to the soldiers, marines, and police officers who have fallen in the line of duty. There are isolated tributes, military ceremonies, and moments of silence, but no national date for their public recognition and commemoration. This is true in a country where, since the beginning of the 21st century, more than six thousand security personnel have died confronting organized crime.

Why does this widespread custom not exist here? It seems necessary to question the reasons behind this, to confront them, rethink them, and modify our attitude toward a reality that, from my point of view, requires acknowledgment to begin forging a national consciousness about the heroism shown amid the tragic loss of Mexican citizens over nearly twenty years of fighting organized crime. Perhaps it is because our security institutions have suffered erosion, criticism, and in some cases, mistrust. Perhaps it is because the war we are living—even if it is not called such—has been fragmented, with grief that is private, not collective.

We are living in a different time in Mexico, the product of a new era that requires us to build civilization. I consider it essential that we begin to change our view of life and death in the conflicts we have faced—and continue to face. This is especially true for those who have virtuously chosen to live and give their lives for the peace, security, and defense of our homeland. This is not for the sake of militarism, but for historical justice, memory, and national identity.

Commemorating and honoring those who have given their lives to defend others is an act of civility. It compels us not to forget that the peace we Mexicans seek—the synthesis of a national aspiration cherished since our genesis as a nation—is sometimes built upon lives given in silence. Police officers in rural and urban municipalities, soldiers in marginalized regions and mountains, marines on dangerous coasts and seas, and investigative agents from various corporations who never returned home.

We need a memorial. We need a date that reminds us and revitalizes our longing for justice, peace, and security through the memory of those who often perish anonymously in the course of their daily duties to keep us safe. We need a narrative that recognizes the courage of those who die serving, regardless of whether they wear a military or police uniform.

A proposal: A National Day for Peace and the Fallen

I propose that we consider June 21st—the summer solstice, a symbol of light and renewal—as a possible National Day for Peace and the Fallen. It would be a day to honor those who fell while seeking a safer, more just, more livable, and peaceful Mexico. In keeping with the character of our history, memory, and national identity, this day would not be to glorify war, but to recognize the valor of those who chose to protect, serve, and defend the peace and security to which all Mexicans aspire.

Memory is not just about looking to the past; it is about choosing, from the present, what we want to be as a country. It is about commemorating and projecting our identity. Is it time to take that step?


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EE. UU. envía fuerzas militares para combatir a cárteles del narcotráfico en Venezuela ¿Y en México?

En mi reciente participación en el programa Geomundo de TV Perú Noticias, abordé un tema de gran relevancia para la región: el despliegue militar de Estados Unidos en el mar Caribe frente a Venezuela y las posibles implicaciones para México tras la autorización presidencial de Donald Trump para combatir a los cárteles del narcotráfico con poder militar.

En esta entrevista, exploramos las ramificaciones de estas decisiones, desde la escalada de tensiones en la región hasta los desafíos para la soberanía y la seguridad de los países latinoamericanos. ¿Qué significa este movimiento para la estabilidad de América Latina? ¿Cómo podría afectar las relaciones internacionales y las dinámicas de poder en el continente?

Te invito a ver la entrevista completa en YouTube para profundizar en este análisis y entender mejor el impacto de estas acciones en nuestra región.

Déjame saber en los comentarios qué opinas sobre este tema o si hay otros aspectos de la geopolítica regional que te gustaría que abordemos en el futuro.