México tiene vocación diplomática y una posición geopolítica envidiable
Por Jonathan R. Maza.
Las tensiones entre EE. UU. y China continuarán durante la administración del Presidente Joe Biden. Es un hecho que la nueva administración no tiene incentivos para cambiar drásticamente su postura y estrategia frente al gigante asiático, que representa un desafío como potencia regional con aspiraciones a ser una potencia mundial. Lo anterior, es consecuencia de un reacomodo político al interior de los Estados Unidos de América y por la polarización política-electoral de su población, atribuible a las recientes elecciones presidenciales y al auge del nacionalpopulismo que representó eficazmente la era Trump.
También, existen otras causas que agudizan las presiones internas con consecuencias en la política exterior estadounidense, como el fin de un prolongado paradigma político que dominó la vida pública, al menos desde mediados del siglo XX hasta ahora, y que actualmente, por primera vez en su historia, coinciden el fin de dos grandes ciclos, por un lado el paradigma o ciclo político y por el otro el ciclo económico, tal y como lo ha explicado en numerosas publicaciones el analista geopolítico George Friedman.
Lo anterior, significa que la política interior de la hasta ahora única potencia mundial, ha obligado a la clase política y tomadores de decisiones a mover sus posiciones y propuestas electorales hacia posturas más duras, más claras y, sobre todo, en un contexto de competencia y tensiones geopolíticas, a posiciones menos cooperativas en política exterior, especialmente con China, Rusia, Irán y otros países. Lo anterior, dificultará el arranque de la administración de Biden, a menos de que reconstruya lazos de cooperación con sus aliados tradicionales, deteriorados durante la administración de Trump, y que además mejore las relaciones con países clave como México, su socio estratégico regional, que ahora tendrá una activa participación en el multilateralismo internacional.
México es una potencia media, con una vocación diplomática extraordinaria, orientada a la mediación y la cooperación, con una posición geopolítica envidiable, y que en este 2021, cuenta con más herramientas en sus campos diplomático y político para desplegar acciones que tiendan a posicionar sus intereses y objetivos nacionales en los organismos internacionales en los que forma parte y que son pertinentes a las grandes preocupaciones del bloque regional de Norteamérica, por su integración comercial y de cadenas de valor regional de sectores productivos industriales y tecnológicos, además del natural liderazgo regional que ejerce en América Latina y el Caribe, especialmente en Centroamérica, en donde comparte preocupaciones y temas de seguridad, migración y prosperidad regional en su frontera sur.
Desde finales del año 2020, México ocupa un lugar en organismos multilaterales de carácter estratégico para la paz, seguridad y justicia internacional, por ejemplo, fungirá como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU durante el periodo 2021-2022 y podrá servir como enlace con la Corte Penal Internacional, donde acaba de ser nombrada jueza la mexicana Socorro Flores. Con estas posiciones, podrá desempeñar un rol mediador e influyente en las instituciones del orden internacional.
Esta posición en el ámbito exterior pone al país ante grandes oportunidades y frente a retos de los cuales puede obtener beneficios, mientras que los riesgos y amenazas se originan más en el ámbito interno, tales como el crimen organizado que continua imponiendo riesgos a la gobernabilidad y la seguridad interior, así como riesgos económicos y sociales derivados de la precaria situación económica de la población, que con la pandemia por Covid-19 incrementó y aceleró la debacle de la economía con pérdidas masivas de empleos y fuentes de trabajo para millones de mexicanos.
Por ello, México debe poner especial atención en articular efectiva y estratégicamente sus capacidades de política exterior con los objetivos de seguridad interior, para que su presencia y participación en organismos como el Consejo de Seguridad de la ONU logren influir determinadamente en frenar el tráfico de armas pequeñas y ligeras, mediante controles más estrictos. Estas acciones pondrían un acento en la agenda bilateral México-EE. UU. en materia de seguridad con la nueva administración de Biden, para facilitar el logro de un objetivo muy importante, el de detener el flujo de armas a grupos del crimen organizado presentes en territorio mexicano.
Por estas razones, es relevante hacer notar la estrecha coordinación existente entre la Misión Permanente de México en Nueva York y las Secretarías de Estado de Marina y Defensa Nacional, ya que esta quinta ocasión en la que México ocupa un asiento en el Consejo de Seguridad, coincide ahora con la participación de elementos militares de México en Operaciones para el Mantenimiento de la Paz (OMP) de las Naciones Unidas, un indicio de la cada vez más relevante coordinación de las Fuerzas Armadas con asuntos de política exterior y su profesionalización en asuntos internacionales, exigencias naturales para un país que, a pesar de las dificultades coyunturales internas, está desarrollándose naturalmente para consolidar su posición como potencia media, lo que podrá abrir escenarios de diversificación de relaciones internacionales, comerciales estratégicas y de seguridad con otros países y regiones en el mundo, especialmente con Asia, que es clave en la construcción del nuevo orden internacional necesario ahora.
Análisis retrospectivo
En un artículo que publiqué exactamente hace 4 años, que se titulaba “Trump: La oportunidad para México“ (https://www.e-consulta.com/opinion/2017-01-19/trump-la-oportunidad-para-mexico) explicaba cuáles eran las razones por las que Donald Trump representaba uno de nuestros mayores desafíos como país, aunque también una portunidad: “Los Estados Unidos de América permanecerán al norte de nuestra frontera, Trump se tendrá que ir como su presidente en algún momento, definamos cómo queremos ser y que rol queremos tener con nuestra vecina nación cuando su nuevo presidente se haya marchado.“, y finalmente se fue.
El trabajo que a continuación se expone es una aproximación descriptiva, analítica y comparativa del Estado suizo y del Estado mexicano, en lo que concierne a sus formas de Estado, sus categorías o tipologías, así como las características constitutivas de sus respectivos territorios, modo de organización del Estado, las características principales de su población y gobiernos.
Para
el propósito de este trabajo se ha planteado el problema de investigación a
partir de la siguiente pregunta: ¿Qué elementos dan forma a los Estados de
Suiza y México y cuáles son sus características principales? Dicha pregunta
orienta la investigación para recopilar los elementos posibles de encontrar en
un formato breve de ensayo, mismos que ayudarán a dar respuesta a la pregunta y
concluir oportunamente con las características más similares y disímiles de
ambos casos de estudio.
La
hipótesis inicial que este ensayo plantea es que los elementos tales como las
características geográficas, geopolíticas, demográficas, así como las
características de la organización territorial interna y del aparato
burocrático de las poblaciones de ambas naciones dan lugar a organizar las
distintas formas de Estado que han dotado de viabilidad a la conformación y
permanencia de los Estados suizo y mexicano; de tal manera que, el presente
trabajo busca proponer al lector una vista general de los tipos de Estado de
ambos casos de estudio para su posterior análisis en otros ensayos relacionados
a los ámbitos de las formas de gobierno, la evolución histórica y la
identificación de las aspiraciones, intereses y objetivos nacionales.
II.
DESARROLLO
Geografía, geopolítica y demografía
La geografía como ciencia que estudia la relación entre los elementos del medio ambiente, la ecología y la intervención de las sociedades en las zonas terrestres específicas donde interactuan, también se relaciona íntimamente con la geopolítica que es la disciplina de estudio dedicada a atender los fenómenos derivados de las relaciones de fuerza y poder dados en determinados territorios y su relación con otros.
Al
respecto de esta relación entre la geografía y geopolítica se puede entender lo
siguiente.
“La geopolítica actualmente es una forma de razonamiento útil para la comprensión del mundo contemporáneo a través del estudio de las relaciones de fuerza sobre los territorios. Y que nunca puede haber una geopolítica sin geografía. La geopolítica hace del conflicto el centro de su interés, pero sus representaciones deben estar ligadas siempre al territorio.“
(Ribera Carbó, 2011).
Por lo que corresponde al ámbito del Estado, para su análisis se hace necesario el auxilio de la geografía y geopolítica, para entender la relación de fuerzas sobre determinados territorios, por el devenir histórico de sus sociedades, la manera en cómo han comprendido y dotado de significado su permanencia en el medio ambiente que les rodea y la forma en la que se han apropiado e identificado con el, de tal suerte que se han dado así mismas una manera de organizarse para su subsistencia y permanencia. A esto es lo que podemos delinear como la parte primaria de la constitución de una forma de Estado, objeto de estudio de este ensayo.
Características geográficas, geopolíticas y demográficas de Suiza
Foto por Fabrice COFFRINI / AFP
El Estado suizo pertenece al continente europeo, ubicándose entre los países vecinos de Francia, Alemania, Liechtenstein, Austria e Italia. Su posición lo ubica entre algunos de los países más ricos y poblados de la Unión Europea con más de 41, 285 Km2, de los cuáles poco más del 58% son tierras montañosas, entre estas se encuentran los Alpes. Suiza cuenta con grandes extensiones de bosques (30%) y más de 1,280 Km2 de superficies de lagos (Ficha País. Suiza, 2019), mismos que son alimentados por los ríos que se originan en las altas montañas, los cuales son el río Rin y el río Eno, afluente del Danubio. El Estado de Suiza no cuenta con salida al mar.
Suiza
cuenta con una población de apenas 8´550,540 habitantes, es una nación
multicultural con cuatro las lenguas oficiales (el alemán hablado por el 30% de
la población, francés hablado por el 23%, italiano por el 8% y romanche con
apenas el 0.5%). Las religiones principales practicadas por la población suiza
son la religión católica con el 36.5%, la religión protestante con 24.4%, otras
denominaciones cristianas con el 7.5%, musulmana por el 5.2%, un 0.3% judía y
el 25% declara no sostener confesión religiosa alguna (Ficha País. Suiza,
2019).
Características geográficas, geopolíticas y demográficas de México
El territorio del Estado mexicano se ubica en el continente americano, entre las regiones de Norteamérica y Centroamérica, colindando al norte con los Estados Unidos de América, la primera potencia mundial en diversos ámbitos, entre ellos el económico y militar. En la frontera sur México colinda con Guatemala y Belice; el primero es un país en vías de desarrollo con grandes brechas de desigualdad, altos índices de pobreza y criminalidad; en cambio el segundo, Belice es uno de los países que cuenta con índices de desarrollo humano altos y que tiene una de las poblaciones más diversas y heterogéneas del continente.
México cuenta con un territorio de 1´964,375 Km2 y más de 3 millones de kilómetros cuadrados de mares, teniendo costas en los dos océanos y cuencas comerciales marítimas más importantes del mundo, la del océano Pacífico y el océano Atlántico en el Golfo de México (Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, s.f.), y con una población total estimada en 125´959,205 de mexicanos, de los cuales el 92% habla el idioma español, el 5.7% habla español y alguna lengua indígena y sólo el 0.8% habla una lengua indígena. El 82.7% de los mexicanos practica la religión católica y 8% son practicantes de alguna otra denominación cristiana. La población en territorio mexicano es mayoritariamente mestiza (62%), mientras que una proporción amplia son indígenas o de origen indígena (28%), y tan solo hay una minoría de 10% de origen europeo u otro (Central Intelligence Agency, 2019).
Formas de Estado
Para
hablar de las formas de Estado, que sin duda alguna es un laberinto de teorías,
corrientes y escuelas de pensamiento, antes es necesario definir como categoría
de análisis qué es el Estado, lo cuál también conlleva a investigar, si se
desea hacerlo de forma exhaustiva o no, las distintas concepciones que a lo
largo de la historia del pensamiento político y la filosofía política se han
dado. Sin embargo para los objetivos del presente ensayo se enuncia la
definición que la doctrina militar de México ha establecido por el concepto de Estado: “es la población
que ocupa un territorio y se ha organizado social, política y jurídicamente
para darse un gobierno soberano, que le permita alcanzar sus objetivos“ (CODENAL, CESNAV, 2018).
En
materia del Derecho Comparado, autores especializados en lo referente al Estado
han definido a este como el conjunto de elementos que de manera integral dan
forma a una comunidad que se dota a sí misma de determinados fines u objetivos
plasmados en una norma fundamental. Al respecto Giuseppe Vergottini define el
concepto de Estado de la siguiente manera.
“Estado es el conjunto de elementos que caracterizan globalmente a un ordenamiento referido en particular a las finalidades planteadas como objetivos de acción de los órganos constitucionales. Empero caen dentro de su ámbito también los consiguientes criterios relativos a la disciplina del Estado-comunidad, al papel del individuo y de los grupos y de los relativos al Estado-aparato y sus modalidades de intervención.“
(Vergottini, 2004, pp. 89-90).
Lo que
se comprende del concepto de Vergottini es que un Estado es su ordenamiento,
norma fundamental o constitución, mismo que contiene varios elementos, que de
forma armónica estipulan los objetivos que deben alcanzar los órganos o
entidades emanadas de dicha constitución, es decir las entidades del Estado que
se encargan de conducir las acciones para alcanzar los fines últimos que un
pueblo se ha dado a sí mismo a través de su norma fundamental.
De lo
anterior podemos concluir parcialmente que, la población de un determinado
territorio, en el cual es vigente un ordenamiento en forma de norma fundamental
o constitución, que se ha dado a sí misma para plasmar ahí sus anhelos más
profundos, a manera de objetivos generales que mandatan a las instituciones que
gestionan el poder y los recursos para lograrlos, es lo que constituye un
Estado. Por esa razón se afirma que los elementos constitutivos de un Estado son
la población, el territorio y el poder.
Organización territorial y política del Estado suizo
El Estado de Suiza es uno
del tipo federal con tres entidades político y administrativas: la
Confederación, los cantones, semicantones y los municipios. La Confederación es
la forma federada en la cual los 20 cantones se han organizado en un pacto del
tipo federal, incluyendo a los seis semicantones existentes en Suiza y a los
municipios que también son usualmente denominados “comunas” y que son 2,212 en
total.
La Constitución Federal
de la Confederación Suiza que data del 18 de abril 1999 es la más reciente
promulgación de su norma fundamental, misma que establece que la forma del
Estado es federal con una democracia parlamentaria con instrumentos de democracia
directa e indirecta. También especifica los ámbitos de las competencias de la
Confederación de la siguiente forma.
“La Confederación es quien vela por la seguridad interior y exterior del país, avala las Constituciones cantonales y mantiene las correspondientes relaciones diplomáticas con estados extranjeros. También son de su competencia el régimen de aduanas, los servicios postales, el régimen monetario y la organización militar. Tanto los cantones como los municipios gozan de una amplia autonomía. Cada cantón tiene su propia constitución, sus propias leyes y su propio parlamento, así como sus propios tribunales judiciales. El federalismo helvético se asienta sobre la solidaridad entre los cantones y las distintas regiones del país.“
(Ficha País. Suiza, 2019).
El Estado de Suiza se organiza en en una división del poder en los ámbitos: ejecutivo, legislativo y judicial. El Ejecutivo se integra por un Gobierno colegial que es el Consejo Federal. Este se compone de siete ministros o Consejeros Federales que son elegidos de forma individual por los miembros del Parlamento. Los ministros o Consejeros Federales dirigen los Departamentos Federales (Ministerios). La Presidencia de la Confederación Suiza recae en uno de los consejeros a efectos exclusivamente protocolarios, dicha calidad es del tipo de primus inter pares, es decir, no tiene preeminencia sobre sus pares del consejo y es de carácter rotatoria, por lo que quienes la ocupan, lo hacen exclusivamente por un período de un año.
Las Fuerzas Armadas
Suizas son una estructura del tipo
milicias, ya que los soldados permanentes y profesionales son tan solo el 5%,
mientras que el resto son ciudadanos de entre los 20 y 34 años de edad que se
enlistan después de haber realizado su servicio militar obligatorio a los 19
años de edad (Embaja de Suiza, s.f.). Los ciudadanos son
responsables de mantener sus equipos y armamamento en sus casas y deben estar
disponibles cuando sean llamados a servir.
Las Fuerzas Armadas se
conforman solo por un ejército y una fuerza aérea, pues no cuentan con una
armada ya que Suiza no cuenta con salida al mar. Las Fuerzas Armadas se
encuentran adscritas en el Departamento de Defensa, Protección a la Población y
Deporte que es uno de los siete departamentos encabezados por cada uno de los
integrantes del Consejo Federal, quienes son civiles. Este departamento tiene
en su estructura un servicio de inteligencia civil, un Centro Nacional de
Alarma y un Estado Mayor Conjunto bajo el cuál operan las dos fuerzas armadas.
El ámbito legislativo recae sobre el Parlamento suizo, mismo que se compone por dos cámaras, constituyendo un sistema bicameral. La Cámara Baja es de representación popular y es denominado el Consejo Nacional y cuenta con 200 diputados que son elegido por la población. La Cámara Alta que es de representación territorial de los cantones y semicantones lleva el nombre de Consejo de los Estados, y esta formado por 46 senadores (Ficha País. Suiza, 2019).
En lo que respecta al ámbito judicial del poder, este se constituye en el denominado Tribunal Federal, que es es el órgano del Estado “que tiene la función de tribunal constitucional únicamente para controlar la constitucionalidad de leyes y decisiones cantonales y ordenanzas federales que no son sujetas a una decisión legitimada por la democracia representativa y directa“ (Thalmann, 2003).
Organización territorial y política del Estado
mexicano
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Los elementos esenciales del Estado mexicano nos indican las características fundamentales del ámbito político y jurídico de su forma o tipo. Los Estados Unidos Mexicanos que es el nombre que recibe la persona jurídica del Estado mexicano es del tipo federal y que queda plasmado en el artículo 40 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de la siguiente manera.
“Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental“
(Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 2019).
Las
partes integrantes de la Federación lo conforman los 32 Estados federados, los
cuales son, Aguascalientes, Baja California, Baja California Sur, Campeche,
Coahuila de Zaragoza, Colima, Chiapas, Chihuahua, Durango, Guanajuato,
Guerrero, Hidalgo, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo León,
Oaxaca, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora,
Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; así como la
Ciudad de México que recientemente se constituyó en el año 2017 como la entidad
federativa número 32 y sede de los Poderes de la Unión y Capital de los Estados
Unidos Mexicanos.
En lo que concierne a la denominada división de poderes que establece la CPEUM en el artículo 49 constitucional que a la letra dice: “El Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo y Judicial“ (Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 2019).
El
poder Ejecutivo se deposita en un solo individuo, que se denomina Presidente de
los Estados Unidos Mexicanos, el cual es electo de manera directa por la
población empadronada debidamente y que cumple con los requisitos de
ciudadanía. En él recaen las responsabilidades y funciones de Jefe de Estado y
Jefe de Gobierno, pudiendo nombrar y designar a los Secretarios de Estado y
fungir como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.
De la
misma manera, en las funciones y responsabilidades del Presidente o titular del
poder Ejecutivo están la de preservar la Seguridad Nacional y “disponer de la
totalidad de la Fuerza Armada permanente o sea del Ejército, de la Armada y de
la Fuerza Aérea para la seguridad interior y defensa exterior de la Federación“ (Constitución Política de los
Estados Unidos Mexicanos, 2019). Al respecto de la
Fuerzas Armadas de la Federación, los siguientes artículos establecen las
formas, los momentos y mecanismos bajo los cuales se rigen sus tareas y
funciones dadas por la Constitución bajo la naturaleza del tipo de Estado
federado que es México.
“Artículo 129. En tiempo de paz, ninguna autoridad militar puede ejercer más funciones que las que tengan exacta conexión con la disciplina militar. Solamente habrá Comandancias Militares fijas y permanentes en los castillos, fortalezas y almacenes que dependan inmediatamente del Gobierno de la Unión; o en los campamentos, cuarteles o depósitos que, fuera de las poblaciones, estableciere para la estación de las tropas.
Artículo 119. Los Poderes de la Unión tienen el deber de proteger a las entidades federativas contra toda invasión o violencia exterior. En cada caso de sublevación o transtorno interior, les prestarán igual protección, siempre que sean excitados por la Legislatura de la entidad federativa o por su Ejecutivo, si aquélla no estuviere reunida.“
(Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 2019).
El
poder Legislativo de los Estados Unidos Mexicanos se deposita en un Congreso general,
que se divide en dos Cámaras, una de diputados y otra de senadores,
constituyendo así un sistema bicameral. La Cámara de Diputados la componen un
total de 500 diputados, electos en su totalidad cada tres años. De estos, 300
diputados son electos según el principio de votación mayoritaria relativa,
mediante el sistema de distritos electorales uninominales, y 200 diputados
electos según el principio de representación proporcional, mediante el Sistema
de Listas Regionales, votadas en circunscripciones plurinominales (Constitución Política de los
Estados Unidos Mexicanos, 2019). La Cámara de
Senadores o cámara alta está integrada 128 senadoras y senadores, los cuales
representan a los Estados de la Federación.
El
Poder Judicial de la Federación se deposita en un conjunto de órganos
judiciales, siendo estos la Suprema Corte de Justicia, un Tribunal Federal Electoral,
en Tribunales Colegiados y Unitarios de Circuito y en Juzgados de Distrito.
Por último, cabe destacar como un elemento fundamental del Estado mexicano, su carácter laico, es decir su situación de secularidad bajo un esquema de laicidad positiva, característica que asume una neutralidad con respecto a los credos y creencias religiosas, garantizando la libertad de los individuos a ejercer la que cada uno desee, pero sin que el Estado asuma una preferencia de alguna, como lo específica el artículo 130: “El principio histórico de la separación del Estado y las iglesias orienta las normas contenidas en el presente artículo. Las iglesias y demás agrupaciones religiosas se sujetarán a la ley“. (Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 2019).
III.
CONCLUSIÓN
Un Estado es una construcción jurídica y social cuyos ordenamientos, plasmados en una norma fundamental o constitución, contienen los elementos que establecen los objetivos fundamentales que una población desea alcanzar, que forman parte de sus anhelos, entre ellos, la forma en la que desean constituirse para organizarse, la manera en la que gestionarán el poder y cómo los individuos de esa sociedad se relacionarán con el poder constituido. Por lo que desde estos preceptos emanan las instituciones u órganos del Estado que administrarán los recursos y gestionarán el poder para el logro de los anhelos, aspiraciones, intereses y objetivos nacionales.
De todo lo anterior, y de lo descrito en los apartados de este ensayo es posible concluir que los elementos territoriales que constituyen la relación de fuerzas sociales con las características geográficas y geopolíticas dan forma al tipo de organización territorial del poder y de la administración, delineando el tipo o forma de Estado.
Los Estados mexicano y suizo comparten características similares, tales como la de ser tipos de Estado federales, con cierta autonomía de los estados que los constituyen y con el ámbito del municipio como la unidad territorial más inmediata a su población. Sus diferencias quedan patentes en la forma en la que han determinado la función del poder Ejecutivo, y de manera especial en lo que concierne a la seguridad nacional, la seguridad interior y las Fuerzas Armadas; en el caso mexicano están a cargo de un individuo, el Presidente que es elegido de manera directa por la población; mientras que en Suiza recaen sobre un Consejo Federal integrado por siete individuos que no son elegidos directamente por la población, sino a través de sus representantes en el Parlamento.
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Vergottini,
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Ciudad de México, México: Instituto de Investigaciones Jurídicas UNAM.
Historic U.S.-Russian meetings tend to occur outside of Washington and Moscow. Franklin Delano Roosevelt first encountered Joseph Stalin in Tehran. At the end of World War II, they met again at Yalta, a name that would thereafter signify Soviet domination of Eastern Europe. Harry Truman’s one and only meeting with Stalin was in Potsdam, a suburb of Berlin. John F. Kennedy had a shaky meeting with Nikita Khrushchev in Geneva, while Ronald Reagan had a memorable collision with Mikhail Gorbachev in Reykjavik.
U.S. President Donald Trump and Russian President Vladimir Putin will meet for a frenetically anticipated summit on July 16 in Helsinki. Their encounter—coming amid cascading revelations of Russian interference in the 2016 presidential election, unnerving questions about Trump’s admiration for his Russian counterpart, and U.S.-Russian tensions around the globe—is certain to be a media spectacle. But as its location subtly implies, the real importance of the meeting may have little to do with the theatrics at the top. Unglamorous, largely unnoticed diplomatic processes could prove more consequential. In Helsinki in 1975, the United States, the Soviet Union, and various European powers devised a security architecture for Europe that was controversial at the time but ultimately crucial to the Cold War’s peaceful end. Without the Helsinki Accords, which fostered agreement on Europe’s borders and enshrined a nominal commitment to human rights in the Eastern bloc, the revolutions of 1989 may never have come and almost certainly would not have been as peaceful as they were.
The lessons of that previous U.S.-Russian encounter in Helsinki are worth remembering now. The agreement that resulted involved years of drab, painstaking diplomacy. It required agonizing compromise on both sides. It rested on work rather than optics. Under the shadow of low expectations, a difficult process preceded final success. The summit’s real importance, in other words, had little to do with momentary media spectacle. The same could be true of next week’s Trump-Putin meeting. No matter the sensational headlines in the summit’s immediate aftermath, a quiet yet substantive diplomatic process has the potential to yield real, and welcome, results.
THE RIGHT KIND OF SUMMIT
At a rally last week, Trump dismissed concerns about his meeting with the Russian president, saying, “Putin’s fine.” This generated a ripple of headlines. Russian television, meanwhile, is awash in speculation about Putin’s potential achievements in Helsinki. American observers rightly fear the impact of stray words from Trump and potential strategic missteps that could flow from the very melodrama of the event itself. To many, the optics are the story, and the optics can only be wrong: Putin standing shoulder to shoulder with an American president under investigation for subversive ties to Russia, uncertain about the NATO alliance, and enamored of the deals or pseudo-deals that emerge from a welter of exaggerated expectations.
An age of social media is prone to framing politics in cinematic terms. A troubled meme waiting to happen, the Trump-Putin summit wonderfully suits the age. The problem, however, is not a meeting as such but the real possibility of holding the wrong meeting. A summit that involves up-front U.S. concessions for the sake of some ill-defined triumph would be worse than a missed opportunity.
Consider the last high-profile U.S. summit with North Korea. Trump clearly oversold his June meeting with North Korean leader Kim Jong Un. What was billed as the chance to ratify denuclearization for the entire Korean Peninsula ended up being a noncommittal meeting between two heads of state. North Korean conduct since the summit shows that it is undeterred. In time, the personal relationship between Kim and Trump may prove an asset, but only a long, detailed process of negotiation and verification can ensure that North Korea has given up its nuclear weapons. The summit in Singapore was merely the beginning of the journey.
So, too, will the Trump-Putin meeting be a beginning. It cannot guarantee much in and of itself. Over the past few years, the United States and Russia have let their diplomatic relationship erode. A Russian-U.S. presidential summit has not been held for the past eight years. One would have to scrutinize the annals of Cold War history to find a period when there has been so little diplomatic contact. The list of differences and grievances on both sides is endless, as the U.S. Congress will remind the president should he offer Russia anything that touches either on sanctions or on U.S. treaty commitments.
This is why the history behind Helsinki could be a road map for the Trump administration. Trump’s meeting with Putin should be used to create a framework for diplomatic engagement and for process. U.S.-Russian working groups should be embedded in the State Department and the Pentagon, along with bipartisan working groups in the U.S. Congress. Other working groups to the side of government should be encouraged and given the U.S. government’s material support.
Ukraine and Syria are the two most urgent problem sets. On the former, diplomacy has stalled. France, the United Kingdom, and the United States appear to be consumed with other problems. Talks with Russia on the core issues behind the Minsk agreements—a cease-fire, a restoration of Ukrainian sovereignty, a workable political order in the Donbas region of eEastern Ukraine—might stimulate the Western appetite for leadership. With the rebels surrendering, President Bashar al-Assad’s Syria will be taking on a new form, the volatility of which could provoke a war between Iran and Israel. This is an outcome Russia and the United States would both want to avoid. They should be looking ahead in consultation with each other. U.S. leverage over Israel and Russian leverage over Iran is incomplete, but a basic degree of coordination would certainly help prevent conflict. Addressing these dilemmas should not be deferred to 2020 or 2024. Arms control, counterterrorism, the Arctic, and space are other issues that deserve real bilateral attention. Low-key discussions out of the public eye have modest potential, and the Russian and U.S. presidents could give these discussions a preliminary blessing in Helsinki.
In an ideal world, Trump would raise the issue of election interference one-on-one with Putin. Those U.S. officials who join Trump at other meetings would do the same. No less important, Trump would make an emphatic public statement about Russian meddling while together with Putin, as French President Emmanuel Macron has done at comparable moments. Putin will deny the meddling, and Trump should neither accept this denial, as he has in the past, nor make an official acknowledgment from Putin a precondition for moving forward. The confession will never come, but raising the issue with clarity and without embarrassment would convey American resolve and a willingness to respond. If Trump waffles on the issue in Helsinki, however, Russia will score a propaganda victory and will likely be emboldened to test further what redline, if any, the administration has on meddling.
BORING IS BETTER
Trump has a proverbial attachment to hype. But his administration should do what it can to undersell the summit with Putin and avoid painting it as a breakthrough before or after. Instead, it should pay tribute to the years of irritating and boring diplomacy that generated the Helsinki Accords. Internally, the administration should prepare for the follow-up to the summit—the gradual normalization of diplomatic ties between the two powers whose relationship is integral to the future of Europe and the Middle East. A nonrelationship with Russia is simply not in the U.S. national interest.
Once in place, a normalized U.S.-Russian diplomatic relationship should be Washington’s vehicle for shaping Russian behavior. The United States cannot coerce Russia into doing its will. In Ukraine and Syria, Washington has attempted to isolate Russia, hoping that Putin will meet U.S. demands so he can come in from the cold. Sanctions are forms of economic isolation designed to have a similar effect. So far, coercion and isolation have both failed. Russian foreign policy has grown only more ambitious since 2014. Moreover, daily images of the joyful World Cup in Russia underscore the absurdity of trying to isolate the country in the manner intended. What cannot be done should not be attempted.
Continued pressure where interests diverge plus diplomatic normalization would be a new approach for the United States. If it fails, the pressure can always be increased. Progress, if achieved, would be incremental.
Once the summit is over, the president will likely shift his attention elsewhere, as he seems to have done after his meeting with Kim. A trade war with China and the U.S. congressional midterm elections may be more engrossing than election modalities in the Donbas or the dynamics of regional competition in Syria. Handing off the job of negotiating with Moscow to Secretary of State Mike Pompeo, Secretary of Defense James Mattis, and National Security Adviser John Bolton would be the logical next step. These are all Russia hawks who could exploit the face-saving potential for Putin of Trump’s rhetorical friendliness toward Russia and of Trump’s relative popularity in Russia while working toward normalizing relations. Pompeo, Mattis, and Bolton would not sell out Europe for an elusive quid pro quo in Syria; but they could be tasked to reverse the downward spiral of the U.S.-Russian relationship. This in turn could open up new options in Ukraine and Syria, options the United States might be happy to have.
To succeed, though, this approach would have to employ the self-discipline, patience, and attention to detail demonstrated nearly 45 years ago in the austere Scandinavian city of Helsinki.