¡Que el Amor triunfe!


Nadie puede ser feliz sino posee lo que ama, pero dichoso sólo es quien posee todo lo que quiere sin desearlo, sin hacerlo de su posesión. 

Dichoso es quien no quiere nada malo para nadie, porque ama y está lleno de dicha. 

¿Pero qué es el amor? ¿De dónde viene la felicidad completa? 

Para mí, nada de lo que hay en esta vida temporal nos puede dar la felicidad entera, como tampoco el amor eterno. Solo Dios puede darlo, puede hacernos felices porque puede amarnos y nosotros amarlo a Él. Y ese amor es Eterno.

¿Pero es real Dios y su existencia? Yo contesto lo siguiente: es tan real porque sí existe gente que ama y es feliz, y son amados y felices porque poseen todo lo que aman sin hacerlo de su posesión, a Dios mismo. Y quien ama a Dios, no lo hace una posesión exclusiva, porque comparte esa dicha con los demás, busca llevarla a los otros a su alcance. Y nada malo puede desear a las personas. 

No hay felicidad verdadera sino es eterna. Sin embargo aquí donde somos materia temporal, solo podemos poseer la felicidad en esperanza. 

¿Cuántas personas viven sin esperanza? Es doloroso vivir así. Alguna vez lo llegue a sentir. Por eso entiendo de esa soledad. Pero ahora entiendo a quienes sienten la dicha de ser felices en esperanza, porque sabemos que hay un amor y una dicha más entera, fundamental y eterna. 

Y yo solo deseo eso para todos, para quienes leen esto, para quienes no lo podrán leer, para quienes están cerca de mi, para quienes están aún más lejos, para quienes me creen, para quienes no lo hacen, para quienes me estiman, para quienes no les caigo bien, para quienes coinciden con mis ideas, para quienes piensan distinto a mí y me confrontan, para quienes me odian, para quienes me aman, para quienes no me conocen, para los que a pesar de mis defectos me siguen sosteniendo. 

Mañana muchos que piensan como yo, que sienten estas mismas palabras en sus vidas, estarán marchando por la familia en la Ciudad de México. 

Yo no podré participar, compromisos personales y académicos me lo impiden, pero quiero decir claramente lo que pienso del amor y la felicidad, que sí es para todos y que no es un bien exclusivo de algunos, que aunque yo marche y defienda la familia y el matrimonio «tradicional», no le deseo el mal a nadie. 

Que aunque parezca incongruente para algunos que no logran comprenderme, lo único que deseo ante todo y ante mis propias ideas es que vivan la dicha del amor y la felicidad en la esperanza, porque todos merecemos el amor y ser felices. 

¡Buenas noches gente! 

El «divo de Juárez»

 

En esta ocasión deseo escribir unas palabras a manera de reflexión y rendir un pequeño homenaje al artista y cantante mexicano Juan Gabriel.

Para casi nadie ha pasado desapercibido la lamentable pérdida del cantautor mexicano Alberto Aguilera Valadez, que es su nombre verdadero, y que fue reconocido mundialmente como Juan Gabriel. El michoacano nacido en la población de Parácuaro en 1950 y que fallecería el día 28 de agosto de 2016 fue un emblema de la vida artística y musical de México que trascendió fronteras, logrando llevar sus letras y su voz a millones de personas en el mundo, sobre todo de habla hispana.

Como mexicano que nació y creció entre los últimos años de la década de los 80 y los 90, para mi la música de Juan Gabriel estuvo presente en casa, mis padres lo escuchaban y sin duda alguna ya era una estrella consolidada para aquél entonces. Por ello confieso que su música desde que tengo memoria fue de las que más disfrutaba de entre sus variados géneros y con el acompañamiento ya sea de mariachis u orquestas sinfónicas.

También por supuesto lo llegué a ver en la televisión en los programas a los que se presentaba o en las grabaciones de sus conciertos o presentaciones en vivo. «Juanga» era un ícono mexicano de aquellos años y representaba algo más que solo música, era un hombre-show o un hombre del espectáculo en toda la extensión de la palabra.

Juan Gabriel era un espectáculo en sí mismo, hasta ahora no recuerdo a algún mexicano del medio artístico que hiciera semejantes shows como los que él realizaba. Sus conciertos eran una fiesta, un ambiente de algarabía y a la vez eran momentos de sentimientos a flor de piel, que en muchos desprendía hasta las lágrimas con las letras de sus canciones más profundas. Sin duda alguna, para mí sus conciertos, sus canciones y su forma de interpretarlas representan lo que muchos mexicanos somos: el laberinto de la soledad, como lo decía en su texto del mismo nombre el escritor Octavio Paz.

La vida misma de Juan Gabriel, o mejor dicho de Alberto, fue un laberinto de la soledad. En realidad no conozco a detalle su vida, pero al menos lo que muchos sabemos por las historias públicas que él mismo contó, su vida no fue nada sencilla, me atrevería a decir que fue muy atropellada y llena de claroscuros que forjaron su vida.

Por mencionar algunos aspectos de esta vida laberíntica están: la pérdida de su padre, las carencias económicas familiares, una madre que tuvo que dejarlo porque no podía hacerse cargo de él, una familia numerosa pero que no sostenía lazos muy amorosos, una infancia y una adolescencia solitaria, y una vida adulta complicada. Así como a muchos mexicanos les sucede en la vida, creo que por estas razones se genera una especie de identificación con el ícono de la música.

Su vida expresada en sus letras, su voz y su música es el espejo en el que se encuentran muchos hombres y mujeres. Para mí, el «divo de Juárez» como se le llegó a conocer por haberse criado y originado como cantautor en aquella ciudad mexicana fronteriza con los Estados Unidos de América, es el cantante chistoso por sus bailes tan peculiares, de una manifiesta alegría que contagiaba y de una voz que admiro, porque como a  muchos mexicanos, hombres y mujeres, su música me llegaba al corazón.

Sin duda alguna México es un país con gravísimos problemas de discriminación en todos los sentidos, existe racismo, clasismo y sobre todo sobrevaloración y subvaloración de las personas por lo que tienen y por lo que aparentan, en este país seguimos padeciendo el laberinto de nuestra propia soledad, que no nos permite encontrarnos a nosotros mismos y con los otros que también son como yo, PERSONAS. Pero a Juanga no se le quiere ni se le desprecia por ser rico ni pobre, ni de origen humilde o de alcurnia, ni por su tendencia sexual, a Juanga se le quería y se le quiere por lo que fue, una PERSONA con la que muchos nos identificamos en su mayor talento que era la transmisión de un mensaje a través del canto y la música: el amor y el perdón.

 

 

El desprestigio presidencial y la era de los liderazgos abrumados

La noticia de los párrafos plagiados en la tesis de licenciatura del presidente de México Enrique Peña Nieto ya le dio la vuelta al mundo, y con ello un aspecto de su vida personal vuelve a aparecer en la vitrina pública, la cual hace una vez más evidente los tropiezos del presidente.

Queda muy claro que el desprestigio presidencial como táctica de desestabilización del gobierno actual es la constante desde que asumió el poder en 2012, la pregunta es quién o quiénes orquestan dichas acciones. Un problema mayor se presenta cuando por más que la maquinaria mediática oficialista se aliste a implementar la estrategia de contención de daños por cada uno de los escándalos del presidente, su familia y sus colaboradores más cercanos, no ha sido tan efectiva en lograr su objetivo cuando se trata de detener o minimizar la vitrina que hace viral cualquier noticia o escándalo: internet.

La periodista Carmen Aristegui, autora material de la investigación que sacó a la luz el asunto de la tesis plagiada, utilizó su sitio web para publicar y publicitar la nota, en especial fue el uso de las redes sociales lo que le dio el poder de atraer la atención de miles (o millones) de espectadores locales y extranjeros, al grado de que hoy la noticia ha sido publicada en medios extranjeros de Europa y Estados Unidos de América.

Lo interesante de este hecho, como muchos otros escándalos mediáticos relacionados a un líder político o empresarial, es que estamos presenciando la caída de los viejos paradigmas del ejercicio del liderazgo, que se basaban en principios perennes e inamovibles, viejas estrategias del uso del poder, la autoridad y el liderazgo de forma vertical. Hoy en una era de negocios y política globalizados, de incertidumbre financiera y escrutinio mediático, el arte de liderar se ha vuelto más complejo de lo que ya era, y las dificultades de ejercerlo han escalado a otro nivel.

En esta era de la globalización y la hiperconectividad quienes pensaban que estos dos aspectos no son relevantes para el ejercicio del poder, tendrán que pensarlo de nuevo. No son pocos los líderes que afirman sentirse abrumados ante tal nivel de incertidumbre, complejidad y escrutinio público mediático. La internet y las redes sociales pueden convertirse en las peores o en las mejores aliadas para ejercer un liderazgo, la clave está en comprender y practicar el liderazgo de tipo horizontal, cooperando, colaborando y co-liderando, para contener y avanzar hacia muchos frentes abiertos al mismo tiempo.

Uno de los mayores problemas a los que se puede enfrentar un líder político de cualquier nivel en la actualidad es a “no entender que no entiende”, sobre todo cuando se le habla de estos aspectos tan relevantes para adaptarse a nuevas realidades que le exigen transparencia y honestidad, y que a su vez se traduzcan en empatía hacia las necesidades de quienes le siguen y para quienes se debe: los ciudadanos. La humildad es la virtud que hoy necesitan nuestros políticos y servidores públicos, para hacer de su liderazgo un activo sostenible en los mares de la política frente a sociedades cada vez más críticas e informadas.