Omar García Harfuch y el relanzamiento de la seguridad como prioridad del Estado mexicano: del discurso moral a la eficacia institucional

El primer año del gobierno de Claudia Sheinbaum marca un punto de inflexión en la política de seguridad pública y la seguridad nacional: México transita de la retórica a los resultados, de la ideología a la inteligencia.

La comparecencia del Secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, ante el Senado de la República, no fue solo un ejercicio de rendición de cuentas, sino un acto de afirmación política: el Estado mexicano está recuperando su capacidad para gobernar el territorio y controlar la violencia. Para algunos, el discurso marcó una ruptura silenciosa con el pasado reciente, para otros, se trata de algo más cercano a un cambio sin ruptura. Donde antes hubo promesas morales, hoy se presentan datos, resultados y estructuras para demostrar que la seguridad, por primera vez en mucho tiempo, se explique desde la eficacia.

Hacia el Segundo piso de la Transformación en materia de seguridad: El Estado recupera el terreno

En el análisis del discurso del secretario García Harfuch, durante su comparecencia ante el Senado, es claro que su intención política es dejar ver que México está entrando en una nueva etapa de la Cuarta Transformación: una donde la seguridad ya no se define por la narrativa, sino por la capacidad del Estado para producir resultados medibles y sostenibles.

Más allá de los números —que fueron muchos y contundentes—, el mensaje político fue otro: la reconstrucción institucional de la seguridad pública como columna vertebral del gobierno de Claudia Sheinbaum. Por eso, lo que escuchamos no fue un simple discurso para aplaudir logros, sino una hoja de ruta hacia un proyecto más ambicioso, una Seguridad de Estado, moderna, tecnificada y basada en inteligencia, pero que tendrá costos tanto de recursos como de un nuevo pacto social en materia de libertades para los ciudadanos.

De este argumento nacen las recientes reformas constitucionales y legales que en materia de seguridad se han legislado en el último año, objeto de críticas por parte de distintos actores que las han considerado como contrarias a las libertades ciudadanas y la progresividad de los derechos humanos.

Durante los pasados seis años, la seguridad en México fue explicada desde una narrativa moral: “los buenos contra los corruptos”, “los abrazos contra los balazos”. Esa narrativa tuvo su momento histórico para ayudar a la implantación de un nuevo régimen, pero también ha tenido sus límites.

Hoy, bajo la administración de Claudia Sheinbaum, la estrategia parece haber virado hacia un terreno distinto: la eficiencia institucional, la coordinación federal-territorial y la profesionalización policial para darle sostén a la segunda etapa del proyecto político de la Cuarta Transformación (4T), del que la presidenta Sheinbaum forma parte, además como su primera presidenta emanada de ese movimiento político sin orígenes en el antiguo régimen.

En un Senado con mayoría oficialista y una oposición testimonial, el secretario Harfuch presentó cifras que hablan de un país que, pese a sus heridas, empieza a recuperar capacidad operativa y confianza institucional. La disminución del 46% en homicidios dolosos respecto a 2018, el desmantelamiento de más de 1,500 laboratorios de metanfetaminas y la captura de más de 35 mil generadores de violencia son datos que por sí solos envían un mensaje inequívoco: el Estado está volviendo a ejercer control sobre el territorio.

Pero no se trata solo de números, se trata de una reconstrucción del Estado mexicano desde su arquitectura más sensible: la seguridad.

El nuevo mapa de la seguridad en México

Los estados y regiones mencionados en el discurso —Guanajuato, Jalisco, Nuevo León, Guerrero, Tabasco, Tamaulipas y la frontera norte— no fueron elegidos al azar. Son, al mismo tiempo, los nodos industriales del país y los principales corredores del crimen organizado.

El mensaje es claro: la seguridad y el desarrollo económico ya no son temas separados. En un contexto de nearshoring, inversión energética y relocalización industrial, la prioridad del gobierno federal es proteger la infraestructura crítica y las cadenas de suministro, especialmente en el centro y norte del país.

El despliegue de 10,000 elementos de la Guardia Nacional en siete entidades fronterizas y los decomisos récord de cocaína, armas y fentanilo no solo reflejan eficiencia operativa: reafirman la voluntad política de construir, desde el lado mexicano de la frontera, un muro de soberanía basado en inteligencia y acciones con impacto estratégico, no únicamente en retórica, especialmente en un contexto enorme presión desde Estados Unidos con la administración Trump.

Cooperar sin subordinarse

Un aspecto poco comentado, pero de enorme relevancia estratégica, es la nueva relación con Estados Unidos. El traslado de 55 criminales de alto perfil a cárceles estadounidenses es un gesto calculado: muestra disposición a cooperar, pero también capacidad de decisión soberana, eso sí, a sabiendas de la relación asimétrica existente.

Harfuch ha logrado lo que pocos funcionarios en los últimos sexenios: ser interlocutor confiable para Washington sin renunciar a la narrativa nacionalista que caracteriza a la 4T. Esa habilidad, forjada en su trayectoria como policía y como político, lo convierte hoy en uno de los actores más influyentes y con mayor proyección rumbo a 2030.

La paz como un bien público del Estado

Quizá el mensaje más importante del discurso no fue dicho con palabras, sino con estructura: cada logro, cada cifra, cada operación fue presentada como resultado de la coordinación interinstitucional entre Ejército, Fuerza Aérea, Armada, Guardia Nacional y gobiernos estatales.

Esa forma de presentar los resultados transmite una idea central: la seguridad no depende de una persona, sino de un sistema. Un sistema que, con sus imperfecciones, comienza a funcionar con lógica propia.

El concepto de paz duradera aparece no como una promesa ética, sino como una meta institucional medible: inteligencia criminal, presencia territorial y disminución comprobable de delitos.

Se trata, en síntesis, de volver a gobernar el territorio desde la política pública del Estado, y no desde la reacción o la improvisación.

Un nuevo ciclo político

La presidenta Sheinbaum sabe que la seguridad será el termómetro de su sexenio. De cara a la elección intermedia de 2027 que renovará la Cámara de Diputados y a la eventual consulta de revocación de mandato, los avances en este rubro podrán definir el rumbo político de su gobierno y del legado del que ella forma parte.

Por eso, el discurso de Harfuch ante el Senado, más que una simple comparecencia, debe leerse también como un mensaje político interno: el gabinete de seguridad tiene rumbo, método y resultados. En una administración que busca consolidar su propio sello dentro de la Cuarta Transformación, la seguridad se ha convertido en el puente entre la legitimidad política y la eficacia técnica.

México parece estar dejando atrás la etapa de las narrativas para entrar a la de los resultados, por ello, ahora el reto será sostener esos resultados en el tiempo, garantizar que no dependan de nombres o coyunturas, sino de instituciones sólidas, confiables y permanentes.

La seguridad no es una meta: es un proceso continuo de aprendizaje y adaptación, y quizá por primera vez en mucho tiempo, el Estado mexicano comienza a mostrar que ha aprendido a aprender.

El discurso de Harfuch no fue el cierre de un ciclo, sino el inicio de uno nuevo: El de un país que, con todas sus contradicciones, vuelve a creer que puede gobernar su destino desde la inteligencia, la ley, la coordinación y la cooperación.

Análisis de la nueva Estrategia de Seguridad del Gobierno de México: Desafíos y Perspectivas

Por Jonathan Maza

El 8 de octubre de 2024, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo presentó su nueva Estrategia de Seguridad, un plan que busca enfrentar la creciente violencia y el crimen organizado en México. Esta estrategia se propone continuar los esfuerzos de su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, pero con un enfoque renovado que destaca la centralización de la coordinación y cooperación entre las fuerzas de seguridad y la búsqueda de soluciones a las causas sociales y económicas del crimen.

Objetivos y Pilares de la Estrategia

El principal objetivo de la nueva estrategia es reducir los crímenes de alto impacto, tales como homicidios, secuestros y extorsiones, vinculados al crimen organizado. La seguridad de los ciudadanos, especialmente en áreas de alto riesgo, será una prioridad. Se enfatiza la necesidad de fortalecer la Guardia Nacional, a la vez que se promueve un enfoque más integral para abordar las raíces del crimen.

La estrategia se basa en tres objetivos clave y cuatro pilares:

  1. Disminuir los crímenes de alto impacto: La violencia vinculada al crimen organizado, como los homicidios y los secuestros, son el blanco principal. Además, se pondrá especial atención a delitos como la extorsión y el robo de carreteras.
  2. Neutralizar los generadores de violencia: Esto implica centrarse en las redes criminales y los principales actores responsables de la violencia en cada uno de los 32 estados del país. Las áreas de alta criminalidad serán el foco de operaciones de seguridad más intensas.
  3. Fortalecer la prevención local: La prevención será clave en la lucha contra el crimen, con énfasis en fortalecer las capacidades de la policía local para mejorar la proximidad con la comunidad.
  4. Abordar las causas sociales y económicas del crimen: Se continuará con programas sociales como «Jóvenes Construyendo el Futuro» y se buscará involucrar a todos los sectores del gobierno para crear alternativas viables para los jóvenes en riesgo de unirse a grupos delictivos.
Consolidación de la Guardia Nacional y Fuerzas Armadas

Una de las medidas más significativas de esta estrategia es la transferencia de la Guardia Nacional (GN) al control de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), lo que consolidará la presencia militar en el ámbito de la seguridad pública. Este movimiento ha generado controversia debido a los señalamientos de algunos sectores sobre una militarización de las funciones de seguridad, lo que podría traducirse en un mayor uso de la fuerza y en un incremento de enfrentamientos con organizaciones criminales.

No obstante, la Guardia Nacional también asumió funciones de investigación criminal como auxiliar de la Fiscalía General de la República (FGR), y se están realizando esfuerzos importantes por profesionalizar y capacitar a sus elementos para que actúen de forma más eficiente y profesional.

Fortalecimiento de la Inteligencia y la Coordinación Interinstitucional

El éxito de esta estrategia dependerá en gran medida de la capacidad del gobierno para coordinar sus esfuerzos en diversos niveles. La creación del Sistema Nacional de Inteligencia y el fortalecimiento de las capacidades del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) son pasos cruciales para integrar la información de las diversas agencias de seguridad, como Defensa (SEDENA), Marina (SEMAR), la SSPC, la FGR y las fiscalías estatales.

Una de las claves de este enfoque es la coordinación entre las fuerzas de seguridad federales y estatales, lo que permitirá una respuesta más eficaz ante los retos del crimen organizado, especialmente en regiones como la frontera norte, que enfrenta desafíos específicos debido a la violencia y el narcotráfico.

Desafíos y Críticas a la Estrategia

A pesar de las buenas intenciones, la nueva estrategia enfrenta varios desafíos estructurales y operativos. En primer lugar, la dependencia operativa de la seguridad pública en las capacidades militares genera preocupaciones sobre la eficacia de los resultados en la construcción de un entorno de seguridad pública y la posible vulneración de derechos humanos, un tema que ha sido recurrente durante la administración de López Obrador. El rol creciente de las Fuerzas Armadas, tanto en el control de la Guardia Nacional como en la ejecución de operaciones de seguridad, podría llevar a una mayor confrontación con los grupos criminales, aumentando la violencia y los daños colaterales en zonas ya afectadas por el crimen.

Otro aspecto que genera inquietud es la ineficiencia de los programas sociales. A pesar de los esfuerzos por ofrecer alternativas a los jóvenes vulnerables, los incentivos económicos de los programas sociales no han logrado reducir de manera significativa las tasas de criminalidad. Existe el riesgo de que los recursos sean aprovechados por las organizaciones delictivas y sus familiares, perpetuando el ciclo de violencia en lugar de romperlo.

Asimismo, la reestructuración de las instituciones de seguridad e inteligencia podría generar problemas de coordinación entre las diversas agencias, con el riesgo de que el flujo de información no sea tan eficiente como se espera.

Impacto en la Frontera Norte

Uno de los estados más afectados por esta estrategia será Baja California, que, en 2024, registró una de las tasas más altas de homicidios intencionales. Las disputas territoriales entre cárteles como el de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación son una de las principales causas de esta violencia. Aunque la región ha recibido una inversión histórica de 280.4 millones de pesos para seguridad pública, las condiciones de la frontera siguen siendo complejas, especialmente en áreas como el Valle de Mexicali, donde la violencia persiste.

La estrategia deberá enfocarse en fortalecer la coordinación entre las autoridades federales y locales, especialmente en zonas de alto riesgo, para mejorar la eficacia en el combate al crimen organizado.

Conclusión

La nueva Estrategia de Seguridad del Gobierno de México tiene el potencial de ser un paso positivo hacia la reducción de la violencia en el país, pero depende de su correcta implementación y de la capacidad del gobierno para superar los numerosos desafíos que enfrenta. La dependencia operativa de la seguridad en las fuerzas armadas, la falta de eficacia de los programas sociales y la coordinación interinstitucional son solo algunos de los obstáculos que podrían limitar su éxito.

Es necesario, como ya lo ha planteado la presidenta Sheinbaum, un enfoque integral que no solo se enfoque en la acción represiva, sino que también aborde las causas profundas de la violencia y el crimen, incluyendo la pobreza, la falta de oportunidades y la corrupción en todos los niveles del gobierno. Solo entonces será posible crear un México más seguro y con una mayor justicia social.