EE. UU. envía fuerzas militares para combatir a cárteles del narcotráfico en Venezuela ¿Y en México?

En mi reciente participación en el programa Geomundo de TV Perú Noticias, abordé un tema de gran relevancia para la región: el despliegue militar de Estados Unidos en el mar Caribe frente a Venezuela y las posibles implicaciones para México tras la autorización presidencial de Donald Trump para combatir a los cárteles del narcotráfico con poder militar.

En esta entrevista, exploramos las ramificaciones de estas decisiones, desde la escalada de tensiones en la región hasta los desafíos para la soberanía y la seguridad de los países latinoamericanos. ¿Qué significa este movimiento para la estabilidad de América Latina? ¿Cómo podría afectar las relaciones internacionales y las dinámicas de poder en el continente?

Te invito a ver la entrevista completa en YouTube para profundizar en este análisis y entender mejor el impacto de estas acciones en nuestra región.

Déjame saber en los comentarios qué opinas sobre este tema o si hay otros aspectos de la geopolítica regional que te gustaría que abordemos en el futuro.

Traslados exprés, soberanía y seguridad nacional

En México, últimamente hemos descubierto que “soberanía” también puede significar empacar a un capo y enviarlo a Estados Unidos sin el lento ritual de un juicio de extradición. No es una metáfora: El Gobierno mexicano está entregando criminales a Estados Unidos sin agotar el proceso judicial de extradición tradicional. ¿Por qué? Porque puede —en términos de su marco de Seguridad Nacional— y porque la presión del gobierno estadounidense ha elevado a los cárteles al rango de amenaza a su seguridad nacional, forzando a nuestro país a elegir entre dos bienes públicos: preservar la soberanía o hacerla valer con procedimientos más lentos que, en el contexto actual, pueden resultar inocuos o, peor aún, contraproducentes.

En febrero de este año, 29 criminales —incluyendo a Rafael Caro Quintero y los hermanos Treviño— salieron discretamente del país a petición de Washington. El 12 de agosto, otros 26 siguieron el mismo camino, entre ellos miembros de cárteles como Sinaloa y CJNG, e incluso un ciudadano de Sierra Leona dedicado al tráfico de migrantes de países tan diversos, como llamativos, como Irán, Afganistán,Uzbekistán, Paquistán, Turquía o Somalia. El mensaje oficial fue claro: “no es extradición, es traslado”, y todo amparado en el paraguas de la Seguridad Nacional.

¿Por qué puede México hacer esto? Porque su Ley de Seguridad Nacional (LSN) y el artículo 89 constitucional, fracción VI le dan al Ejecutivo herramientas para actuar “de manera inmediata y directa” ante amenazas y riesgos a la integridad del Estado mexicano. Traducido del lenguaje jurídico: si el Gabinete de Seguridad, o mejor dicho, el Consejo de Seguridad Nacional, considera que un capo en territorio nacional es un riesgo inminente —y si la presión de Washington aprieta—, se puede saltar el procedimiento judicial ordinario y enviar al individuo directamente a manos estadounidenses, negociando de paso la no aplicación de la pena de muerte para no violar la Constitución.

La narrativa es sencilla, casi poética: estos criminales son una amenaza “inmediata y directa” a la estabilidad del Estado mexicano, y entregarlos a Estados Unidos es una jugada maestra para preservar la soberanía. Lo interesante es que este mecanismo no es producto de una reforma exprés, sino de una reinterpretación política y estratégica de la Seguridad Nacional, que de por si ha permanecido ambigua en la Ley su definición.

El artículo 5 de la LSN permite al Ejecutivo actuar contra amenazas internas y externas, y el artículo 13 le da al Consejo de Seguridad Nacional carta blanca para coordinarse con agentes extranjeros. ¿El resultado? “traslados” administrativos que evitan los tribunales y entregan a los capos en bandeja de plata. Este mecanismo, aunque legal, bordea el Estado de Derecho como un equilibrista borracho. Los artículos 14 y 16 de la Constitución, que garantizan el debido proceso, miran con desconcierto cómo el gobierno clasifica a estos criminales como amenazas de seguridad nacional para saltarse los juzgados. Esto es, sin duda alguna, una jugada pragmática y quizá hasta estratégica.

Este 2025, el Departamento de Estado clasificó a los capos del crimen organizado y a sus respectivos cárteles como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO) bajo la Sección 219 de la Ley de Inmigración y Nacionalidad, y les echó encima la Orden Ejecutiva 13224, la Kingpin Act y hasta la Orden Ejecutiva 13581, que básicamente declaran a los cárteles una emergencia nacional. Para Trump, el fentanilo y la violencia transnacional son el nuevo 11 de septiembre, y México tiene pocas opciones.

Así, en este contexto en el que la administración Trump ha elevado a los cárteles mexicanos a la categoría de amenazas a su seguridad nacional, esto le permite desplegar sanciones económicas, congelar activos y, por qué no, dejar caer sobre la mesa la idea de “todas las opciones”, incluyendo la militar que recuerda los días de Noriega en Panamá. El resultado: México coopera rápido o se expone a sanciones comerciales, más aranceles, cancelaciones de visas o, quién sabe, un dron con la bandera estrellada paseándose por Sinaloa y un clima bilateral más que tóxico.

Precisamente, este 12 de agosto, en la segunda operación en territorio mexicano para “trasladar” a 26 criminales a las autoridades estadounidenses, la Fiscal General de Estados Unidos, Pam Bondi, no pudo contener su entusiasmo, celebrando esta “colaboración histórica”, declarando que “Hoy es el ejemplo más reciente de los esfuerzos históricos de la administración Trump para desmantelar cárteles y organizaciones terroristas extranjeras…Estos 26 hombres han contribuido a traer violencia y drogas a Estados Unidos… Agradecemos al equipo de Seguridad Nacional de México su colaboración en este asunto.”

El gobierno de la Doctora, en lugar de someterse al vía crucis de la Ley de Extradición Internacional —donde amparos y recursos pueden alargar el proceso durante décadas—, ha optado por el atajo administrativo. Con la LSN, los traslados se convierten en una operación ejecutiva, y quizá pensaban que hasta discreta y sin demasiada publicidad. Sin embargo, las autoridades de nuestro vecino, con el poder que otorgan las benditas redes sociales, se han encargado de que este tipo de entregas tengan toda la visibilidad y publicidad posibles.

Mientras tanto, quienes defienden las acciones del gobierno mexicano afirman que se trata del ejercicio de una “soberanía activa”, es decir, de responder con agilidad para evitar que Estados Unidos tome acciones unilaterales bajo el argumento de protegerse de una amenaza terrorista. Pero la ironía es evidente: para “defender” la soberanía, México está cediendo temporalmente jurisdicción sobre sus propios ciudadanos.

Si bien, no es una claudicación formal, pero sí una cesión estratégica que se justifica en nombre del pragmatismo y la estabilidad bilateral. Y como toda solución pragmática, tiene un costo. Primero, erosiona la centralidad del Poder Judicial en la cooperación penal internacional. Segundo, abre la puerta a que el concepto de “amenaza a la seguridad nacional” se vuelva tan elástico que sirva para justificar cualquier traslado incómodo. Tercero, genera una dependencia operativa: si los casos más complejos se “exportan”, se reduce el incentivo para fortalecer las capacidades de investigación y judicialización interna.

Washington lo celebra como cooperación “histórica”. En México, la narrativa oficial es que se está actuando para evitar escenarios peores, y quizá tengan razón en algo: ante una presión externa tan directa, actuar rápido puede evitar decisiones unilaterales mucho más agresivas. El problema es que la excepción, si no se regula, acaba convirtiéndose en costumbre y este precedente es un arma de doble filo, ya que normalizar los traslados administrativos podría convertir la LSN en un cheque en blanco, donde cualquier “amenaza” justifique eludir el sistema judicial.

Si algo me atrevería a sugerir a quienes tengan oídos para oir, sería lo siguiente: No se pierdan en el falso dilema de si México puede o no hacer estos traslados, porque puede. Tampoco si son útiles o no para desactivar las amenazas de Trump, porque si lo son, al menos en las inmediatas.

Las preguntas clave a responder son: ¿Estamos dispuestos los mexicanos a normalizar una ruta paralela al Estado de derecho, con el pretexto de que es temporal y excepcional? ¿Cuáles deberían ser los criterios públicos y acotados en la actuación del Consejo de Seguridad Nacional (“Gabinete de Seguridad”) sobre cuándo procede un traslado por Seguridad Nacional? ¿Cómo implementamos la vigilancia y el control parlamentario real, mediante el depositario de la soberanía nacional que es el Congreso de la Unión, si aún no se instala ni se fortalece, por ejemplo, la Comisión Bicamaral de Seguridad Nacional? ¿Vamos a firmar un acuerdo de seguridad bilateral bajo qué términos y condiciones operativos y del debido proceso? ¿Cómo vamos a fortalcer y cómo nos ayudarán nuestros vecinos a crear capacidades en casa para la investigación y judicialización interna de casos en México?

No es el fin del Estado de derecho mexicano, pero sí una reinterpretación ejecutiva de la Seguridad Nacional para salvar la soberanía en un contexto de máxima presión desde Washington, por lo que México puede hacerlo porque su ley y su Constitución lo habilitan en situaciones de amenaza; y lo hace porque, sin un golpe sobre la mesa, la alternativa era abrir la puerta a acciones unilaterales en nombre de la seguridad nacional de Estados Unidos. El reto ahora es ponerle reglas, límites y transparencia a esta ruta excepcional, y que la excepción no se vuelva la nueva normalidad.

Una última pregunta que requiere de mucha imaginación y agilidad mental para responderla: ¿Qué es la soberanía nacional en estos tiempos?

México: Poder Nacional y Seguridad Nacional frente a una policrisis multidimensional

México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori

La seguridad nacional de México enfrenta actualmente una policrisis multidimensional, donde múltiples amenazas interactúan generando efectos sinérgicos que comprometen la estabilidad, integridad, soberanía y viabilidad del Estado. En particular, las crisis en las fronteras norte y sur representan desafíos significativos que impactan directamente los campos del Poder Nacional: Diplomático, político, económico y militar, demandando una respuesta integral que involucra recursos ordinarios y extraordinarios.

La situación se complica ante presiones específicas recientes provenientes de países vecinos como Estados Unidos y Guatemala, lo que genera vulnerabilidades y obliga a México a mantener elevados niveles de esfuerzo operacional para responder con medidas urgentes, sobrecargando aún más sus capacidades institucionales.

Paralelamente, la seguridad interior se ve desafiada por actores no estatales violentos, específicamente la delincuencia organizada transnacional, cuyos grupos armados utilizan tácticas asimétricas cada vez más complejas dignas de ser comparadas con tácticas terroristas o de insurgencias criminales. El reclutamiento de exmilitares colombianos por parte del Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), confirmado oficialmente tras la detención de nueve excombatientes colombianos involucrados en ataques con minas antipersonales en Michoacán el pasado 27 de mayo, ejemplifica esta evolución preocupante hacia métodos de insurgencia criminal.

Este tipo de tácticas, incluyendo artefactos explosivos improvisados (AEI), drones armados y minas antipersonales, reflejan una preocupante escalada hacia conflictos de baja intensidad típicos de una guerra irregular. Las autoridades mexicanas han documentado estos hechos, enfatizando la urgencia de fortalecer las capacidades de inteligencia, contrainteligencia y la coordinación interinstitucional para hacer frente a estas amenazas emergentes.

La reorganización en el Área Estratégica Funcional de la seguridad, que contempla las reformas constitucionales, legales y procedimentales en materia de Seguridad Pública, Seguridad Nacional y las próximas iniciativas en materia de Seguridad Interior, así como la recien presentada iniciativa de reforma militar en materia de la Guardia Nacional1 (que en ésta última implicó la reciente creación de nuevas coordinaciones territoriales bajo el mando operativo de la Guardia Nacional y supervisadas por el Estado Mayor Conjunto de la Defensa Nacional, que vale la pena mencionar, se preveé que ahora tendrá facultades en materia de Seguridad Pública), puede interpretarse como una centralización clave destinada a optimizar las capacidades militares y civiles en la respuesta a estas amenazas híbridas. Por lo que parece, esta transformación estructural de la seguridad en México, busca específicamente adecuar la estructura militar mexicana a los desafíos contemporáneos de seguridad nacional.

En lo político, la concentración de poder observada actualmente, acompañada por una transición judicial y limitaciones crecientes a la libertad de prensa, presenta un contexto de vulnerabilidad interna que sucita preocupación, incertidumbre y riesgos a la estabilidad política y social.

México enfrenta hoy escenarios estratégicos que requieren acciones inmediatas, basadas en principios claros de la doctrina de seguridad nacional mexicana para la aplicación del Poder Nacional que reúna los recursos y medios de toda índole, disponibles y potenciales, organizados para su empleo estratégico desde cada uno de los respectivos campos del poder: Político, económico, social, militar, tecnológico y diplomático. La situación actual demanda no solo una respuesta táctica, sino una estrategia integral de largo plazo alineada con los intereses y objetivos nacionales permanentes.

Todos los mexicanos nos estamos viendo afectados por las múltiples crisis en curso, pero pocos se percatan de las consecuencias probables que vendrán en el mediano y largo plazo. Las tendencias, no son alentadoras en los distintos campos del Poder Nacional, que por decirlo de alguna manera, al evaluar la situación de la estabilidad, integridad, soberanía y viabilidad del Estado, los probables escenarios no pintan bien para México.

Como colofón de este artículo y ante la coyuntura que nos constriñe, vale la pena recordar aquella frase atribuída al ex presidente y dictador Porfirio Díaz, “México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Lo que nos recuerda la necesidad permanente de robustecer nuestra seguridad nacional con estrategias y políticas de Estado adecuadas y coherentes frente a las amenazas tradicionales y emergentes que enfrenta el Estado mexicano en este crítico momento histórico de inestabilidad, transición y cambio.

  1. Iniciativa con Proyecto de Decreto por el que se expide la Ley de la Guardia Nacional y se reforman, adicionan y derogan diversas disposiciones de la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal; Ley Orgánica del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos; Ley de Educación Militar del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos; Ley de Ascensos y Recompensas del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos; Ley del Instituto de Seguridad Social para las Fuerzas Armadas Mexicanas; Ley de Disciplina del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos; Código de Justicia Militar y Código Militar de Procedimientos Penales. Publicada en la Gaceta Parlamentaria de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión el 11 de junio de 2025. Disponible en línea en: https://infosen.senado.gob.mx/sgsp/gaceta/66/1/2025-06-11-1/assets/documentos/Ejecutivo_Iniciativa_Ley_GN_.pdf ↩︎